“Por lo tanto, ¡alégrense, oh cielos!
¡Y alégrense, ustedes, los que viven en los cielos
Pero el terror vendrá sobre la tierra y el mar…“
Apocalípsis 12, 12

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…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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“Y yo sé que en mí, esto es,
en mi carne, no habita el bien,
porque el querer el bien está en mí,
pero no el hacerlo”.

Romanos 7:18


Unas de las frustraciones del caminar en la fe es esta -tan íntima- que relata el apóstol Pablo. Porque en el inicio de este caminar esperábamos que, al entregar nuestra vida al Señor y venir a ser habitación del Espíritu, fluyera el bien de nosotros sin interrupción ni impedimento alguno. Pero pronto nos dimos cuenta que no sucede exactamente así. En realidad el Espíritu nos sella para vida eterna, como cuando pagamos una seña por algo cuyo pago completaremos mas tarde, pero que todavía no es nuestro completamente. Disfrutamos solo de esa Seña, a la que se agrega progresivamente -si andamos fielmente en la fe- partes o cuotas del pago final que no podrá ser completado nunca aquí.


Es decir, nosotros somos de Cristo desde que hicimos nuestra confesión de fe y arrepentimiento. Y Él con seguridad renovará nuestro corazón de piedra sustituyendo el que ahora tenemos por otro que responda con presta solicitud a Sus toques de Amor. Esta sustitución es progresiva, “de fe en fe y de gloria en gloria”, pero no podrá ser completada sino hasta cuando “esto que es corruptible –el cuerpo– se revista de incorruptibilidad”. Entonces, solo entonces, seremos completamente llenos de Su Amor. Ahora añoramos el mundo venidero, anhelamos Su venida, anhelamos ser “revestidos”. Pero hasta ese día sufriremos los aguijones de la carne aunque ya esté plenamente vigente la Promesa de compra y nuestra liberación del mundo, la carne y Satanás, esto es, nuestra redención.


En Hebreos 11:22 leemos:


“Ustedes han llegado a un lugar diferente
que es el monte Sión,
la ciudad del Dios viviente,
la Jerusalén celestial…
Ustedes han llegado a donde está Dios,
el juez de todos,
a donde están los espíritus
que fueron aprobados
y perfeccionados por él”

Hebreos 12:22


Y en 11:40 se afirma con respecto a la “galería de los justos” de todos los tiempos:


“..porque Dios tenía reservado
algo mejor para nosotros,
para que no fueran ellos
perfeccionados aparte de nosotros”.

Hebreos  11:40


En los dos pasajes se habla de que Dios, “el Juez de todos”, perfecciona de algún modo el alma de los redimidos -lavados por la sangre del Cordero- luego de que somos separados de la carne. Esto quiere decir que, por mucho que lo intentemos, en la carne no alcanzaremos completamente la perfección que agrada a Dios, ni siquiera los justos de la galería de Hebreos 11 lo hicieron (y basta analizar sus vidas). Por eso es que fue necesaria la cruz de Cristo. Él es quien “nos justifica”, nos convierte en “aprobados” ante el Padre. Y de algún modo nuestra alma es perfeccionada antes de reunirse para vida eterna con nuestro cuerpo glorificado. Es entonces cuando seremos sin fisuras “nuevas criaturas”. Y cobraremos el “peso de gloria” (2 Cor 4:17), esto es, el capital espiritual que nuestras aflicciones por Cristo aquí en la tierra acumularon en el cielo para toda la eternidad. Por ahora solo nos queda encontrar descanso en esta declaración del apóstol Pablo:


“¡Miserable de mí! ¿Quién me librará
de este cuerpo de muerte?
¡Gracias doy a Dios,
por Jesucristo Señor nuestro!
Así que, yo mismo con la mente sirvo
a la ley de Dios, pero con la carne,
a la ley del pecado”.
Romanos 7:24-25


La vida cristiana normal es una milicia -una guerra- entre el Espíritu y la carne que a veces nos entristece y otras -muchas- nos hace saltar de gozo cuando vemos que resistimos y somos un poco mas libres de las tentaciones que nos inclinan al pecado. Y nuestra fe se fortalece en ese proceso continuo que es “de fe en fe” y “de gloria en gloria”.

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