“En los días venideros —dice el Señor—, el pueblo de Israel
volverá a su hogar junto con el pueblo de Judá. Llegarán
llorando en busca del Señor su Dios. Preguntarán por el
camino a Jerusalén y emprenderán el regreso a su
hogar. Se aferrarán al Señor con un pacto
eterno que nunca se olvidará”
Jeremias 50, 4-5

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…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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Transcribimos completo el devocional del pastor David Wilkerson [May 19, 1931; April 27, 2011] que nos llegó el 3 de diciembre de 2013:

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Estoy seguro que en los primeros días de su caminar con Cristo, Pablo soportó tiempos terribles; y como muchos de nosotros, probablemente tenía la esperanza de que si tan sólo confiaba lo suficiente en el Señor, Él lo protegería de todo problema.


La primera vez que echaron a Pablo en la cárcel, por ejemplo, quizás clamó para ser liberado: “Señor, abre estas rejas. ¡Sácame de aquí, por la causa del evangelio!” De igual manera, su primer naufragio probablemente probó su fe en forma severa. Y su primera golpiza debió haberle hecho cuestionar la habilidad de Dios para mantener su palabra: “Señor, prometiste protegerme. No entiendo porque estoy soportando esta horrible prueba”.


Pero las cosas siguieron empeorando para Pablo. Las Escrituras ofrecen poca evidencia de que el apóstol encontrara alivio alguno a sus problemas.


Creo que para su segundo naufragio, Pablo debió haber pensado: “Yo sé que el Señor habita en mí, así que debe tener alguna razón para esta prueba. Él me ha dicho que todas las cosas les ayudan a bien a aquéllos que aman a Dios y son llamados conforme a su propósito [Ver Romanos 8:28]. Si esta es la forma en que Él va a producir una manifestación mayor de la vida de Cristo en mí, que así sea. Viva o muera, mi vida está en sus manos”.


Para su tercer naufragio, probablemente Pablo dijo: ¡Mírenme, todos los ángeles en la gloria! Mírenme, todos los viles demonios del infierno. Mírenme, todos los hermanos y los inconversos. ¡Me voy a hundir una vez más en las aguas oscuras y profundas y quiero que todos sepan que la muerte no puede tenerme!. Dios me ha dicho que aún no he terminado, y no me doy por vencido. No voy a cuestionar a mi Señor acerca del porque soy probado de esta manera. Yo solo sé que esta situación de muerte va a terminar en gran gloria para Él. ¡Así, que observen como mi fe sale tan pura como el oro!”


En palabras simples, nuestras situaciones de muerte pretenden poner fin a ciertas luchas personales. Nuestro Padre nos trae a un punto en donde nos damos cuenta que tenemos que depender de Cristo completamente, o nunca venceremos. Él quiere que digamos: “Jesús, a menos que Tú me libres, no hay esperanza. ¡Pongo mi confianza en Ti para que lo hagas todo!”.

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