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“… llegará el día cuando el pueblo de Israel será como la arena
a la orilla del mar,
¡imposible de contar! Así que en el lugar
donde se les dijo: “Ustedes no son mi pueblo”, se dirá:
“Ustedes son hijos del Dios viviente”. Entonces los
pueblos de Judá e Israel se unirán, elegirán un
solo líder y regresarán juntos del destierro.
Qué gran día será —el día de Jezreel—
cuando Dios plantará de nuevo a su
pueblo en su tierra”
Oseas 1: 10-11

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…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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03/10/14

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by Gary Wilkerson

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Dios le preguntó a Ezequiel: “Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos?” (Ezequiel 37:3)


Qué pregunta más penetrante. Dios nos hace la misma pregunta hoy: “¿Pueden volver a la vida los huesos secos de tu situación? ¿Puede volver a la vida tu hijo rebelde? ¿Pueden venir a Cristo tus seres queridos inconversos?”.


Es una pregunta de fe: “¿Crees que esto puede suceder?”. También es una cuestión de voluntad: “¿Quieres que esto suceda? ¿Estás apenado por los huesos secos en tu vida?”. Si su respuesta es no, eso es un signo de sequedad, una falta de unción espiritual (pasión) sobre la oscura condición del mundo.


Esta fue la respuesta de Ezequiel: “Señor Jehová, tú lo sabes” (37:3). Esta fue una respuesta de confianza: “Señor, sólo Tú sabes estas cosas. Me has dado una visión de la horrible muerte. ¿Estás sugiriendo que estos huesos pueden vivir? ¿Es realmente posible?”. La pregunta había despertado la fe de Ezequiel. Era lo que Dios estaba esperando oír, y Él hace lo mismo con nosotros para estimular nuestra fe.


“Me dijo entonces: ‘Profetiza sobre estos huesos’” (37:4). Una vez que nuestra fe se involucra, una vez que hemos esperado en Dios y Él ha despertado nuestra fe, nos llama a la acción. Él nos pide que “profeticemos”, es decir, que hagamos frente a nuestra situación de huesos secos en fe. Tenemos que hablar vida en nuestras familias, creyendo que Dios da poder a nuestras palabras. Debemos hablar vida en nuestros trabajos, sabiendo que Él nos sostiene en su mano, no importa cuán oscuro sea el entorno. Para hacer esto, Dios tiene que respirar Su vida en nuestro ser: “Y pondré en vosotros espíritu, y viviréis” (37:6).


Dios hizo eso por Ezequiel. El profeta testifica: “Profeticé, pues, como me fue mandado” (37:7). ¿Se puede decir lo mismo de tu caminar con Dios? “Proclamé bendiciones y paz a las vidas de las personas. También dije cosas difíciles, les dije todo lo que el Señor quería que yo dijera, y a través de todo, yo sabía Él estaba conmigo”. Ese es el poder de la proclamación del evangelio.


¿Qué sucedió cuando Ezequiel profetizó en fe? “Hubo un ruido mientras yo profetizaba, y he aquí un temblor” (37:7). La palabra “ruido” aquí es la misma de Hechos 2, cuando el Espíritu Santo infundió nueva vida a los discípulos en Pentecostés. Ezequiel fue testigo de algo similar, ya que de pronto revivieron todos los huesos secos en el valle, se llenaron de vida. Se unieron para formar cuerpos vivos: “Y pondré tendones sobre vosotros, y haré subir sobre vosotros carne, y os cubriré de piel, y pondré en vosotros espíritu, y viviréis; y sabréis que yo soy Jehová.” (37:6).

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