“En los días venideros —dice el Señor—, el pueblo de Israel
volverá a su hogar junto con el pueblo de Judá. Llegarán
llorando en busca del Señor su Dios. Preguntarán por el
camino a Jerusalén y emprenderán el regreso a su
hogar. Se aferrarán al Señor con un pacto
eterno que nunca se olvidará”
Jeremias 50, 4-5

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…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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Transcribimos el artículo del Sr. Sergio Pikholtz, publicado en el diario INFOBAE el 6 de diciembre de 2017, a propósito de la decision del gobierno de EEUU de reconocer a Jerusalen como capital del Estado de Israel. Este Estado no es el Reino que esperamos, es un Estado secular surgido del sudor de los hombres y no de la Gracia de Dios/Elohim. Pero sin duda esta justa decisión es un paso profético hacia la solucion definitiva –que vendrá en el siglo venidero- sobre la herencia prometida en el Pacto Abrahámico a la descendencia legal de Abraham, Isaac y Jacob, que son las doce tribus de ISRAEL, no solamente los judíos. Y este reconocimiento bendice a los EEUU.


Tzedek, tzedek tirdoff. Justicia, justicia perseguirás es la traducción del hebreo al castellano, es una de las frases de la Biblia, que manifiesta en forma taxativa y sin posibilidades de segundas intenciones, que el ser humano debe, por sobre todas las cosas, buscar la justicia.


Estados Unidos de América, a través de su presidente Donald Trump, es la primera nación soberana en reconocer a Jerusalém como Capital del Estado de Israel, y eso no es más que un acto de estricta justicia. Justicia  histórica y justicia política.
Las razones históricas son claras: por más de tres mil años la nación hebrea ha convertido a Jerusalém en su centro espiritual, y mantuvo habitada ininterrumpidamente la  ciudad aún en los exilios más prolongados.


En la liturgia religiosa judía, la ciudad de Jerusalén es nombrada una y mil veces, y que en cada rezo diario, las miradas deben volverse hacia la ciudad santa.


En ninguna otra religión se nombra a Jerusalén como eje sobre el cual gira su identidad, ni hubo otros reyes de la ciudad más que los reyes de Israel, como el rey David o el rey Salomón.


El Estado de Israel es un país soberano y la mayoría de sus poderes, ejecutivo, legislativo y judicial funcionan en la ciudad desde 1950, dos años después de la  independencia del país.


El derecho a elegirla como Capital se sostiene también sobre los estatutos del derecho internacional para casos de conflictos armados, considerando que en 1967, Jordania declaró la guerra al joven Estado de Israel, que ocupaba solo la parte oeste de Jerusalém.


Al finalizar la guerra,el Estado judío, de pleno derecho internacional, liberó  sectores de la parte oriental, incluyendo la ciudad vieja, que hasta el momento estaba vedada a la población hebrea, que ni siquiera tenía acceso al Muro de los Lamentos o Muro Occidental.


Sin embargo, las razones del porqué de la legitimidad de Jerusalén como Capital única del Estado de Israel, tienen que ver  con lo que  quieren imponer quienes  no la reconocen: quitarle al país judío su propia soberanía para elegir dónde y cómo establecer su Capital. Quitarle la soberanía de elección a un país es casi desconocerlo. Ver esa estrategia y no denunciarla es atentar contra la búsqueda de justicia.


Es como si le dijeran a Paraguay que Asunción no puede ser su Capital o a Francia que  debiera mudar su Capital a Lyon y desestimar París.


Quienes no quieren reconocer este derecho indelegable de los israelíes a elegir su propia Capital, pretenden en su argumentación, que ni siquiera una parte de Jerusalém pertenece a Israel, y borran la historia de 3000 años del pueblo judío con esa tierra.