“Por lo tanto, ¡alégrense, oh cielos!
¡Y alégrense, ustedes, los que viven en los cielos
Pero el terror vendrá sobre la tierra y el mar…“
Apocalípsis 12, 12

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…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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Leemos en Colosenses 1:19 en la traducción Reina Valera 60:

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“Porque en él habita corporalmente
toda la plenitud de la Deidad”


y en la traducción “Biblia de las Américas”:


“Porque toda la plenitud de la Deidad
reside corporalmente en El”


y en la traducción “La Biblia en lenguaje sencillo”:


“Cristo es completamente igual a Dios”


Esta verdad insondable es una de las rocas de nuestra fe, la revelación de un misterio guardado para nosotros desde la fundación del mundo y del cual hablaron en misterio todos los profetas.


¡Cuánto debemos dar gracias al Dios que se nos revelo en su Hijo!.

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Los musulmanes dicen que solo hay un “dios” en el cielo y que de allí no baja. A lo sumo elige a “profetas” para hablar despóticamente en su nombre. Pero no desciende ni toma contacto con los hombres, ni sufre con ellos y como ellos.

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En cambio del Hijo se dice:


“Él, siendo en forma de Dios,
no estimó el ser igual a Dios
como cosa a que aferrarse,
sino que se despojó a sí mismo,
tomó la forma de siervo
y se hizo semejante a los hombres”.


Mas aún,
hallándose en la condición de hombre,
se humilló a sí mismo,
haciéndose obediente hasta la muerte,
y muerte de cruz”.
Filipenses 2:6 -8


El Hijo se despojó de las prerrogativas de su divinidad, se hizo semejante a los hombres y sufrió el terrible martirio de la cruz por amor a nosotros. Este es el núcleo de nuestra fe. Atanasio afirmaba refiriéndose a  la obra redentora que nos hace hijos de Dios: “El Verbo se hizo hombre para hacernos divinos”.


Dice la Palabra que la Ley vino por Moisés, pero la misericordia y la Verdad por el Hijo. El “dios” de los musulmanes es “ley” sin “misericordia”, porque no contiene la obra del Hijo. Y entonces no tiene amistad con el hombre, tiene solo dominio sin corazón. Pero nosotros tenemos el corazón del Hijo que exclama: “perdónalos Padre porque no saben lo que hacen”.


Y por eso sangró y agonizo en al martirio de la cruz hasta la muerte para hacer nulos los decretos – emanados de la Ley – que nos condenaban. Y luego resucito para ser el “primogénito de entre los muertos” y abrir camino hacia la eternidad a  los que ejercen fe en Él. Esto es, la  donación de un cuerpo glorificado al fin de nuestras vidas aquí en la tierra con el cual viviremos eternamente en su Presencia. ¡Como podemos explicar tan grande amor! ¿Dónde encontramos un plan mas justo y maravilloso?  Atanasio decía con respecto al Hijo:


“siendo los dos Uno, y única su divinidad, se dice del Hijo lo mismo que se dice del Padre, excepto el ser Padre”.

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Ver: “¿Quien es Jesús?”

Ver: “El trono de Dios y del Cordero”

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