“Por lo tanto, ¡alégrense, oh cielos!
¡Y alégrense, ustedes, los que viven en los cielos
Pero el terror vendrá sobre la tierra y el mar…“
Apocalípsis 12, 12

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…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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Leemos en Isaías 62: 4-5:

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“Nunca más te llamarán “Desamparada”,
ni tu tierra se dirá más “Desolada”;
sino que serás llamada “Mi deleite”
y tu tierra, “Esposa mía”
porque el amor de YaHWéH estará contigo
y tu tierra será desposada…”
Isaías 62:4-5

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Aquí se nos habla de dos momentos sucesivos de Sión: primero una situación de desamparo y desolación; y luego un estallido de deleite y Amor más allá de toda comprensión. Estos dos momentos son reiterados en otros pasajes del AT como algo que el mundo reconocerá como obra de YaHWéH.

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Ahora bien, ¿hubo alguna vez en la tierra que Heb 11:9 llama “tierra prometida” una desolación como la que se describe en la primera parte de este pasaje profético? Todos sabemos que en tiempos bíblicos allí hubo hechos que dejaron una marca indeleble en la historia, y que no era por cierto desolada, desamparada o estéril. Y sabemos que actualmente hay allí abundante población, cultivos sobresalientes, investigación pionera… y gravísimos conflictos que ocupan continuamente los titulares de los medios. ¿Pero hubo alguna vez desamparo y abandono? Leamos algo de lo que escribió Mark Twain cuando visitó esos parajes en 1867:

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“No hay ni una aldea solitaria a través de toda la extensión (valle de Jezreel, Galilea); no por treinta millas en cualquier dirección… Uno puede recorrer diez millas en la región sin ver un alma viva. Para experimentar el tipo de soledad que causa tristeza, ven a Galilea… Nazareth es abandono… Jericó yace en desolada ruina… Bethlehem y Bethania, en su pobreza y humillación… desposeídas de toda criatura viviente… Una región desolada cuyo suelo es rico, pero completamente despojado de todo… una expansión silenciosa, lúgubre… una desolación… Nunca vimos un ser humano en todo el recorrido… Difícilmente se ve un árbol o un arbusto en algún lado. Incluso el olivo y el cactus, aquellos amigos del suelo árido e indigno, han desertado… Palestina yace en silicio y cenizas… desolada y desamorada…”.

Mark Twain, “The Innocents Abroad”, 1867

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Y leamos dos crónicas más entre muchas otras:

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“Luego entramos en el distrito montañoso, y nuestros pasos se sentían sobre el lecho seco de un antiguo torrente, cuyas aguas deben haber sido abundantes en el pasado, así como la tenaz y turbulenta raza que una vez habitó esos salvajes montes. Debe haber existido algún cultivo unos dos mil años atrás. Las montañas, o grandes montes rocosos que circundan este pasaje rústico, tienen crestas sobre sus laderas hasta la cima; en estas terrazas paralelas hay aún algo de suelo verde: cuando el agua fluía aquí, y el país era habitado por esa extraordinaria población que, según las Sacras Historias, era numerosa en la región, estas terrazas de montaña deben haber sido jardines y viñedos, como los que vemos hoy a lo largo de las costas del Rin. Ahora el distrito es completamente desértico, y se lo recorre entre lo que parece haber sido muchas cascadas petrificadas. No vimos animales en aquél paisaje rocoso; escasamente una docena de pequeñas aves durante todo el recorrido”.

William Thackeray en “De Jaffa a Jerusalem”, 1844

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“El país está considerablemente despoblado de habitantes y por lo tanto su mayor necesidad es de presencia humana”.

James Finn, cónsul británico en 1857 –

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(tomado de ¿Desde cuándo los “palestinos” viven en “Palestina”?)

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Son crónicas de mediados del siglo XIX que retratan sin duda una situación de desamparo y esterilidad como la que menciona el pasaje profético citado la cual -como dijimos- será sustituida por un tiempo de fertilidad sin límites. Vamos a hacer un poco de historia para seguir los pasos desde la desolación al deleite supremo.

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-> “Palestina”, el tiempo de la desolación

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Este nombre se utiliza para la “tierra de la promesa” después de que los libros que hoy componen la Biblia fueran escritos y es muy inapropiado históricamente. Se impuso a ella por los romanos, que luego de haber arrasado hasta los cimientos el Templo, arar la explanada, y cambiado el nombre de Jerusalem para Aelia Capitolina (en homenaje a Júpiter) cometieron esta última afrenta de llamar a esa tierra por el nombre de un pueblo que fue anatema para ISRAEL (de ellos vino Goliat). Habían sufrido muchos años de agitación y revueltas y cuando al final de los años 70 todo terminó quisieron exterminar de raíz y para siempre a ese pueblo levantisco -los judíos- imponiendo un nombre a la tierra en donde habían vivido que borraría su memoria de los anales de la historia para siempre, según ellos creían.

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Y es que “Palestina” se deriva de “Filistea” que significa “tierra de forasteros” y de esta forma era llamada una franja costera que coincide aproximadamente con lo que hoy es Gaza, ocupada por un pueblo que vino del mar -quizás de Creta, aunque no se sabe su origen- antes de la llegada de los israelitas luego de cuarenta años en el desierto y cuatrocientos en Egipto. Estos filisteos de entonces nada tenían que ver con los pueblos asentados en esa región que eran “los lugares del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del heveo y del jebuseo” (Exo. 3:8). Y el nombre correcto de esas tierras sería Canaan, la tierra prometida por YaHWéH a Abraham y su descendencia para siempre y adonde habían sido reconducidos los israelitas -prole de Abraham, Isaac y Jacob- luego de haberse convertido en un pueblo numeroso durante su estadía de cuatrocientos años en Gosen (tierras adjudicadas por el Faraón amigo de José para la estadía de la descendencia de Abraham en Egipto). Pero, como dijimos, los romanos escogieron para ella el nombre de un pueblo ajeno que nunca la habitó en su totalidad, un nombre históricamente postizo. Vemos que el “problema judío” viene de lejos. Y este nombre postizo finalmente se impuso y llegó hasta nuestros días.

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Luego de los romanos esas tierras fueron disputadas y/o conquistadas por diversos pueblos, la mayoría de los cuales no demostraron un interés real de residencia, apenas de superficial ocupación. No hincaron raíces. Incluso hubo breves expediciones que fueron solamente predatorias. Este fue el largo período de la desolación y el desamparo -mas de mil ochocientos años- en donde se sucedieron los árabes (637-1072), los seleucidas (1072-1096), las cruzadas (1099-1291), los mamelucos (1291-1517), y los turcos con su imperio otomano (1517-1917). Y solo en este último tiempo los árabes comenzaron a identificarse con esas tierras y allí los halló el Mandato Británico de Palestina -1917- cuando por encomienda de la recién creada Liga de las Naciones se hizo cargo de su administración luego de la desaparición del dominio otomano. Pero en todos esos largos y polvorientos siglos que precedieron al Mandato nunca dejo de haber judíos en esas tierras a los que se sumaron poblaciones cristianas de origen asirio o armenio. Es decir, aún cuando los árabes musulmanes tuvieron su periodo de dominio, el califa y los gobernadores de Siria y la Tierra Santa reinaban sobre súbditos cristianos y judíos enraizados allí desde antiguo en pequeñas poblaciones. Y cuando asumieron los británicos (1917) ya habían comenzado a llegar pioneros judíos europeos con idea de repoblarla y se insinuaba el celo de los árabes que sin embargo nunca habían hecho nada por prosperarla. Esos siglos pueden llamarse entonces con propiedad como los de la desolación y el abandono, y antes de pasar al primer cumplimiento del pasaje profético citado repasemos las expresivas palabras de Mark Twain -1867-:

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“No hay ni una aldea solitaria a través de toda la extensión (valle de Jezreel, Galilea); no por treinta millas en cualquier dirección… Uno puede recorrer diez millas en la región sin ver un alma viva… Nazareth es abandono… Jericó yace en desolada ruina… Bethlehem y Bethania, en su pobreza y humillación… desposeídas de toda criatura viviente… Una región desolada cuyo suelo es rico, pero completamente despojado de todo… una expansión silenciosa, lúgubre… una desolación… Nunca vimos un ser humano en todo el recorrido…”

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Y desde esta postración volvería la vida.

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-> el primer cumplimiento

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A partir de 1881 pequeños grupos de judíos procedentes de Europa comenzaron a llegar a “Palestina” con la intención –todavía sustentada solo por su voluntarismo- de poblar la tierra de sus ancestros. Pero fueron muchas las dificultades que encontraron en una tierra abandonada e inhóspita y estaban a punto de desanimarse cuando un suceso en Francia hizo que de pronto nuevos grupos de judíos miraran en esa dirección como un destino posible: el caso Dreyfus (1894), de enorme repercusión por ese entonces.

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Esa cruda manifestación de antisemitismo en un país que se veía como luz de la civilización escandalizó al periodista y escritor judío de origen húngaro Theodor Herzl que hasta entonces no había sido muy afecto a los temas judíos per se, a pesar de haber sido objeto de discriminación en varios momentos de su vida. Pero el caso Dreyfus le revolvió las entrañas e idealizó que la única forma de terminar con el “problema judío” en Europa -y en el mundo- sería la creación de un estado propio que acogiera a todos los judíos del mundo. Una idea por ese entonces muy aventurada pero que empujada por la dureza de los hechos comenzó a instalarse entre los judíos mas influyentes con el nombre de sionismo. Este movimiento no tuvo en su origen componente religioso alguno, sino que fue solo la reivindicación de una tierra para un pueblo perseguido, un nacionalismo por ese entonces utópico, que solo podía reclamar una ideal “Sión” ya que este era el nombre que se extraía con naturalidad de los registros bíblicos aun considerándolos solamente desde el punto de vista histórico-cultural. Es obvio que el movimiento de Theodor Herzl se salteó el nombre de “Palestina” por las razones antedichas: históricamente era muy inapropiado y fue impuesto a partir de una operación de exterminio. Muy mal pedigree, por cierto. La tierra de acogida anhelada, que en principio era solo un ideal, ni siquiera tenía una definición geográfica precisa ya que se consideraron territorios en la Patagonia o Sudáfrica para ella. Pero los hechos históricos y culturales -y políticos- pronto irían indicando con contundencia que la Sión soñada solo podría ubicarse en los territorios bíblicos originales.

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Y el sionismo se fue articulando en una doctrina definida. En el año 1897 se reunió el Primer Congreso Sionista y la necesidad y el derecho a un hogar judío fue llevada ante cortes y gobiernos con muy desigual resultado. La propuesta de crear un nuevo estado era un camino erizado de espinas. El sionismo imaginó entonces un proceso para ir construyendo ese solar nacional poco a poco convirtiendo utopía en realidad: se comprarían terrenos en “Palestina” para acoger colonos judíos que se dedicarían a la producción agraria. Así nacerían las células territoriales y de convivencia del anhelado estado y con este propósito se creó la Agencia Judía. Este fue el origen a los primeros “kibutz” –comunas agrícolas- que se organizaron según una matriz socialista impuesta por la necesidad de garantizar que se mantuvieran al margen de toda operación especulativa, trabajando y defendiéndose solidariamente, e imbuidos de un espíritu fermental heroico en grado extremo que los motivara a enfrentar un clima adverso. El primer “kibutz” nació en 1909 y ya en la década de 1920 habían entrado 100 000 inmigrantes judíos en Palestina. La tierra desolada y vacía comenzaba a poblarse y el paisaje ya no se acomodaba a las crónicas de Mark Twain.

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Veamos mas, si bien el fundador del sionismo falleció en 1904, el movimiento como vimos no se detuvo y hacia el fin de la primera guerra, al vislumbrarse el colapso del imperio otomano, el sueño nacional judío comenzó a casarse con la historia. Fue cuando el Dr. Jaim Weizmann negoció con el Reino Unido lo que sería el primer espaldarazo internacional para la creación de una patria judía: la declaración Balfour -por el nombre del Secretario de Relaciones Exteriores británico-. Esta decía: “El gobierno de su Majestad es partidario del establecimiento de un Hogar Nacional en Palestina para el pueblo judío y consagrará sus mejores esfuerzos para facilitar el logro de ese objetivo…” a la vez que garantizaba la protección de los derechos de los no judíos. Y esta declaración fue luego avalada por Francia y por la recién nacida Liga de las Naciones que encomendó a Inglaterra la administración de “Palestina” para llenar el vacío de poder producido por el colapso otomano. Era el nacimiento del “Mandato Británico de Palestina”, el vientre en donde se forjó, en medio de un cruce muy intrincado de álgidos conflictos, el Estado Judío.

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El colapso del dominio otomano en Oriente Medio fue uno de los hechos mas impactantes de la historia moderna. Lawrence de Arabia, enviado británico a la zona por esos días cuya figura adquirió luego tintes de epopeya, había prometido a los árabes –en realidad a Faysal- que para cuando cayera el dominio turco se promovería un estado árabe unido que abarcaría todo el Oriente Medio. Pero esta promesa fue traicionada por un acuerdo entre Francia e Inglaterra en donde los galos se reservaban para sí a Siria. Y luego de muchos avatares los hachemitas amigos de Lawrence de Arabia recibirían de Inglaterra un reino creado de la nada: Jordania. Este se ubicó al este del bíblico río –la “transjordania”- y en principio pretendió ser un corredor de comunicación hacia otra entelequia política –Iraq- en donde también quiso instalarse un reino hachemita presidido por Faysal que naufragó en medio de tormentas con muchos capítulos siniestramente cruentos que duran hasta hoy. Pero la creación del reino de Jordania fue un éxito inesperado ya que allí, a pesar de no existir tradición nacional alguna, ni riquezas apreciables, ni terrenos feraces, ni nada sobresaliente, se afincó definitivamente un reino de pacífica existencia.

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Y lo más complicado fue la administración del conflicto entre judíos y árabes-“palestinos” que al final desbordaría al Mandato Británico al punto de que expresaron su deseo de retirarse de allí poco después de terminada la segunda guerra mundial.

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Entretanto fue evidente que la masacre de millones de judíos en Europa durante esa guerra era una clara demostración de la urgencia de legitimar un hogar nacional -Eretz Israel- para los sobrevivientes del holocausto. Por lo demás la comunidad judía de “Palestina” había apoyado a los aliados aun con su incipiente organizaron militar que había nacido clandestinamente debido a la necesidad de defender -su existencia y sus kibutz- ya que los británicos no se hicieron cargo de esa tarea. Y así habían sumado muertos judíos a la causa aliada. Sumadas todas esas cosas, las ahora Naciones Unidas dieron un paso más en la dirección de la declaración Balfour y el sueño de Theodor Herzl y decretaron la Partición de Palestina y la creación de un estado judío y otro “palestino” a partir del momento en que cesara el Mandato Británico. Y el 14 de mayo de 1948, horas antes de llegar a su fin la vigencia de este mandato, un pionero de la segunda oleada (de 1905 a 1914) leyó en medio de un profundo silencio la ansiada proclama fundacional. Este pionero era David Ben Gurion y un trecho de ella decía así:

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“EL ESTADO DE ISRAEL permanecerá abierto a la inmigración judía y el crisol de las diásporas; promoverá el desarrollo del país para el beneficio de todos sus habitantes; estará basado en los principios de libertad, justicia y paz, a la luz de las enseñanzas de los profetas de Israel; asegurará la completa igualdad de derechos políticos y sociales a todos sus habitantes sin diferencia de credo, raza o sexo; garantizará libertad de culto, conciencia, idioma, educación y cultura; salvaguardará los Lugares Santos de todas las religiones; y será fiel a los principios de la Carta de las Naciones Unidas”.

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Y sabemos que los árabes no aceptaron esta decisión de las Naciones Unidas prometiendo “echar al mar” a los judíos -aun hoy su grito de guerra- y se confabularon sin demora para exterminar el naciente estado. Y así al otro día de su creacion, en el amanecer, movilizaron a lo largo de sus tambaleantes fronteras tropas de seis países: Egipto, Jordania, Siria, Líbano, Irak, y contingentes de Arabia Saudita. No lo consiguieron hasta ahora. Y en los años que pasaron desde aquel día hasta hoy las improvisadas brigadas de defensa judía se convirtieron en un poderoso ejército. Y ciertamente hubo hasta milagros en el campo de batalla, todas cosas muy remarcables de las cuales sin embargo no vamos a hablar aquí para no alargar este raconto y porque son en su mayoría conocidas. En definitiva el estado judío –Eretz Israel- nació en la mente y espíritu de Theodor Herzl como una idea en respuesta a la persecución y el prejuicio. Y este  sueño se fue consolidando cada día haciéndose legítimo luego del holocausto judío cuando alcanzó estatus legal ante las naciones. Y las sucesivas luchas contra enemigos que juraron -y aun juran- su destrucción fueron definiendo fronteras siempre variables en busca de un equilibrio político-territorial defendible que permitia su pacífica existencia.

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Ahora bien ¿es este el cumplimiento del pasaje profético que citamos al principio? Solo en parte: ciertamente la desolación que narraba Mark Twain y otros viajeros a mediados del siglo XIX -y antes- se convirtió en su cara inversa: ahora allí se hicieron florecer los desiertos, se sanearon pantanos antes inhabitables, se construyeron ciudades y pueblos, se revivió el idioma hebreo, y, en fin, se forjó una sociedad pujante para si misma y el mundo hacia donde exportan desde productos agrícolas a desarrollos tecnológicos de última generación y avances notables en todos los campos del conocimiento. ¿Pero estas cosas son fruto de la gracia o del sudor? Veamos que la Sión prometida en la profecía será un don de la gracia de Dios/Elohim y estará cubierta por Su Gloria. Y su población no será solo el pueblo judío sino “todo Israel” (Rom. 11:26). Esta Sión de la profecía será la restauración del Tabernáculo de David, el Reino de ISRAEL de doce tribus por el cual preguntaron los discípulos al Resucitado (Hech. 1:6) y nada de esto es el Estado de Israel de hoy. Pero sin duda es una señal del cumplimiento final de la promesa indeclinable de YaHWéH a Abraham de que con su descendencia establecería allí un Reino milenario. Y hay algo más que nos indica que el Estado de Israel es un camino ineludible hacia el Reino prometido: los tiempos finales obligan a que exista en esa geografía una Jerusalem en manos de la casa de David (Zac. 12:8-9).

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29/11/14: Recuerdan el éxodo judío de países árabes

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-> el cumplimiento que esperamos

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Dice el pasaje que citamos al principio:

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el amor de YaHWéH estará contigo
y tu tierra será desposada…”
Isaías 62:4-5

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Este es un lenguaje que nos introduce en otra dimensión, no puede celebrarse una ceremonia de casamiento con el Altísimo en medio de balas, cohetes, muros, cercos de alambre de púas y amenazas de exterminio. Tampoco entre ruinas arqueológicas por venerables que estas sean. Veamos otros pasajes:

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“Haré brotar ríos en los cerros desiertos
y manantiales en medio de los valles;
convertiré el desierto en ciénagas,
haré brotar arroyos en la tierra seca.

En el desierto plantaré cedros,
acacias, arrayanes y olivos;
en la tierra seca haré crecer
pinos juntamente con abetos y cipreses,
Isaías 41:18-20

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Esto habla de un cambio mucho más radical que el ya operado con el advenimiento del Estado de Israel. Quienes visitamos esa tierra pudimos comprobar la escasez de agua y su sabor salitroso. Y si la visita se hizo antes de las primeras lluvias puede verse el polvo acumulado en las hojas de los árboles después de cinco meses de sequía. El ingenio y esfuerzo humano ha hecho florecer esas tierras otrora desiertas pero lejos está todavía de la promesa profética. Veamos mas:

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“Cuando del cautiverio traiga a Israel de regreso
a casa y cuando restablezca su bienestar,
Jerusalém será reedificada sobre sus ruinas
y el palacio reconstruido como antes.
Habrá alegría y canciones de acción de gracias,
y multiplicaré a mi pueblo, no lo reduciré”
Jeremías 30:18-19

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“Sí, el Señor…hará que los israelitas
vuelvan a establecerse en su tierra.
los extranjeros se acercarán a ellos,
se unirán al pueblo de Jacob”.
Jeremías 14:1

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Sabemos que ahora mismo Jerusalem esta en el centro de una aguda controversia internacional, que no se ha reconstruido su Templo allí sin el cual carece de identidad, y que no hay palacio alguno porque no hay Rey. Es mas, el templo que vemos sobre su omnipresente explanada es una mezquita (en realidad hay una mezquita y un santuario) que honra al dios de Edom, un pueblo que la Palabra afirma que es anatema para YaHWéH (Isa. 34:5). Y tan acostumbrados estamos a ver la cúpula del Domo de la Roca en las postales de esa milenaria ciudad que no percibimos la atroz incongruencia de su presencia. Por lo demás toda la profecía afirma que las naciones de alrededor -y todas las naciones- se alegrarán con la Gloria que irradiará del Templo que habrá allí, lo que evidentemente no es cierto ni posible hoy. En suma, el Estado de Israel a pesar de su hazañosa forja que comprometió hasta el tuétano a varias generaciones no puede considerarse como el cumplimiento final de la profecía aunque si un anuncio tronante del fin del tiempo de las naciones. Dice Jeremías 23:7-8:

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“Por tanto, he aquí, vienen días…
en que no dirán más: ‘Vive YaHWéH,
que hizo subir a los hijos de Israel
de la tierra de Egipto’, sino:

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“Vive YaHWéH que hizo subir
y trajo a los descendientes
de la casa de Israel
de la tierra del norte
y de todas las tierras
adonde los había echado;
y habitarán en su propio suelo”

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vemos que es mediante un portento inigualable de YaHWéH que vendrá a existir el REINO DE ISRAEL/ JEZREEL venidero. Y este portento será tan imponente que hará olvidar al cruce del Mar Rojo por tierra seca. Es decir, ese REINO glorioso de alcance mundial no será fruto de negociaciones, ni de consensos internacionales, ni de actos heroicos en el campo de batalla, ni de ingenio humano alguno, sino obra directa de Sus manos. Al punto que la Palabra afirma que cuando finalmente sea establecido todas las naciones reconocerán a YaHWéH (Eze 38:23).

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En otros estudios de este sitio -que reseñamos mas abajo- nos referimos de muchas maneras a ese REINO venidero cuando YaHWéH, de nuevo Esposo de Su pueblo, luego de las bodas del Cordero adonde acudiremos los que somos Su Novia, habitará con los hombres. Dice Jeremías 3:14  “Convertíos…porque yo soy vuestro esposo os tomaré… y os introduciré en Sión”. El Estado de Israel actual es un asombroso primer anuncio del cumplimiento de la profecía, pero no es -ni puede ser- su cumplimiento completo. Sin embargo su existencia fortalece nuestra confianza en que finalmente la promesa de YaHWéH a Abraham se hará realidad y que luego de días de zozobra y tinieblas como nunca hubo vendrá finalmente la gloriosa SIÓN que es la Canaan final prometida a Abraham. No “Palestina”, ni el hogar judío que soñó Theodor Herzl -aunque YaHWéH toco poderosamente su espíritu y lo uso para Su prepósito-. Entonces, al ser levantado el velo que cubre el entendimiento de los pueblos, muchas falsificaciones históricas quedarán al descubierto, el “problema judío” será finalmente resuelto, y en gloria veremos Su Gloria.

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Este mundo no puede dar mas de si, y no admite remiendos. Dice Apocalipsis 21:5: “Yo hago nuevas todas las cosas” y es esta novedad radical la que esperamos como Abraham que se consideraba extranjero en la Tierra de la Promesa porque esperaba lo celestial (Heb 11: 9-10; Fil. 3:20). Nada menos que eso.

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SOBRE EL ESTADO DE ISRAEL

EL NACIMIENTO REPENTINO DE UNA GRAN NACIÓN

EL NUEVO MATRIMONIO DE LA DESAMPARADA

ENSANCHA EL SITIO DE TU TIENDA

LAS MORADAS DE JEZREEL EN LA GLORIOSA SIÓN VENIDERA

VUÉLVENOS DE NUESTRO CAUTIVERIO

DIVORCIO Y NUEVO MATRIMONIO DE EFRAÍN: LAS BODAS DEL CORDERO

EL ÉXODO MAYOR DE ISRAEL QUE SE PREPARA EN EL CIELO

UNA PAZ INEFABLE FINALMENTE IRRADIARA DE SIÓN

YAHWÉH REEDIFICARÁ UNA GLORIOSA SIÓN…

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29/nov/2015:

ANIVERSARIO DE LA PARTICIÓN DE PALESTINA



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