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“Cada uno de ustedes debe arrepentirse de sus pecados y volver a Dios, y ser bautizado en el nombre
de Jesucristo para el perdón de sus pecados. Entonces recibirán el regalo del Espíritu Santo.
Esta promesa es para ustedes, para sus hijos y para la gente en el futuro lejano, es
decir, para todos los que han sido llamados por el Señor nuestro Dios”
Hechos 2, 38-39


…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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Transcribimos completo el devocional del pastor David Wilkerson [May 19, 1931; April 27, 2011] que nos llegó el marzo 18 de 2014:

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“Si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse?” (Salmos 130:3).


Muchos cristianos luchan como David. Cuando el temor santo y justo de Dios es implantado en su alma, Su terrible majestad acampa sobre ellos. Ríos de Su ley señalan directamente a su corazón, y comienzan a languidecer en agonía. Como David, claman, Señor, ¿quién puede estar delante de ti? ¿Quién puede soportar tu santidad?

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Jonás hizo la misma pregunta. Él estaba literalmente en el fondo del océano, sin poder escapar de su dilema. También él clamó: “Me echaste a lo profundo, en medio de los mares, y me rodeó la corriente; todas tus ondas y tus olas pasaron sobre mí…descendí a los cimientos” (Jonás 2:3, 6).


¿Quién lanzó a Jonás a aquella profundidad de tinieblas? ¡Fue Dios! Ciertamente, fue el Padre celestial quien llevó al profeta al mismo fondo y preparó un gran pez para que se lo tragara.


Dios no estaba enojado con Jonás, entonces, ¿por qué permitió que esto le sucediera a él? ¡Porque Él quería detener a su siervo de huir de Su voluntad! Él quería que Jonás siguiera Su plan, para que fuera bendecido. En resumen, ¡Dios llevó a Jonás a las profundidades para restaurarlo!


Jonás 2:2 nos dice exactamente lo que Dios buscaba: “Invoqué en mi angustia a Jehová, y él me oyó; desde el seno del Seol clamé, y mi voz oíste”. El Señor estaba esperando que Jonás se volviera a Él, que clamara sólo a Él. “Entonces dije: Desechado soy de delante de tus ojos; mas aún veré tu santo templo” (versículo 4). “Cuando mi alma desfallecía en mí, me acordé de Jehová” (versículo 7).


En la actualidad, el Señor hace lo mismo con nosotros: Él permite que nos hundamos en la desesperación de nuestro pecado hasta que no tengamos otra opción que recurrir a Él. Y finalmente, desde el vientre de nuestro infierno, clamamos: ¡Oh Señor, por favor escúchame! No tengo esperanzas. ¡Tienes que liberarme!”


Quizás has llegado al fondo de tu pecado. Simplemente, parece que no puedes obtener la victoria sobre ese pecado que te asedia. Y ahora el Señor ha permitido que desciendas a las profundidades. Sin embargo, todo es con un propósito. Él está esperando que, como Jonás, tú puedas “mirar otra vez a Él”.


Tenlo por seguro, que cuando Jonás clamó al Señor, Dios lo libró rápidamente:” Y mandó Jehová al pez, y vomitó a Jonás en tierra” (versículo 10). Dios le dijo al pez: “¡Basta ya! Ahora, vomítalo. ¡Mi siervo me ha invocado y Yo le voy a contestar!”

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