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“Por fin han llegado la salvación y el poder, el reino de nuestro Dios, y la autoridad
de su Mashiáj. Pues el acusador de nuestros hermanos —el que los acusa
delante de nuestro Dios día y noche— ha sido lanzado a la tierra.
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…Pero el terror vendrá sobre la tierra y el mar…“

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…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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Transcribimos completo el devocional del pastor David Wilkerson [May 19, 1931; April 27, 2011] que nos llegó el 20 de mayo de 2014:

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Una gran bendición es nuestra cuando nos sentamos en lugares celestiales. ¿Cuál es esta bendición? Es el privilegio de aceptación: “…con la cual nos hizo aceptos en [Cristo]” (Efesios 1:6). La palabra para acepto aquí significa “sumamente favorecido”. El uso de Pablo para la palabra acepto en este versículo se traduce como: “Dios nos ha favorecido a lo sumo. Somos muy especiales para Él, porque estamos en nuestro lugar en Cristo.”


Porque Dios aceptó el sacrificio de Cristo, ahora nos ve solo como una persona: Cristo y aquellos que están unidos a Él por fe. Nuestra carne ha muerto a los ojos de Dios. ¿Cómo? Jesús deshizo nuestra antigua naturaleza en la cruz, así que ahora cuando Dios nos mira, solo ve a Cristo. A su vez, nosotros debemos aprender a vernos como Dios nos ve. Eso significa, no enfocarnos solamente en nuestros pecados y debilidades, sino en la victoria que Cristo ganó por nosotros en la Cruz.


La parábola del Hijo Prodigo (Ver Lucas 15:11-31) provee una poderosa ilustración de la aceptación que viene cuando se nos da una posición celestial en Cristo. Tú conoces la historia: un joven pidió su herencia de su padre y la malgastó en una vida pecaminosa. Entonces, una vez que el hijo llegó a la bancarrota moral, emocional y físicamente, pensó en su padre, pero estaba convencido que había perdido todo favor con él.


Las escrituras nos dicen que este joven quebrantado estaba lleno de tristeza por su pecado y clamó, “No soy digno, he pecado contra el cielo.” Pero entonces el hijo pródigo se dijo a sí mismo, “Me levantaré e iré a mi padre” (Versículo 18). Él estaba ejercitando su bendición de acceso. ¿Te imaginas la escena? Él hijo pródigo se había alejado de su pecado, y se volvía hacia la puerta abierta que su padre le prometió. Él estaba  caminando en arrepentimiento y apropiándose de aquel acceso.


Así que, ¿Qué le paso al hijo pródigo?. “Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.” (Lucas 15:20). Que bella escena. El hijo pecador fue perdonado, abrazado y amado por su padre, sin ira ni condenación alguna. Cuando él recibió el beso de su padre, supo que había sido aceptado.

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