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“Entonces serán completos con toda la plenitud de la vida y el poder que proviene de Dios. Y ahora, que
toda la gloria sea para Dios, quien puede lograr mucho más de lo que pudiéramos pedir o
incluso imaginar mediante su gran poder, que actúa en nosotros. ¡Gloria a él en
la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones desde
hoy y para siempre! Amén”
Efesios 3:20-21


…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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Un tema muy recurrente en estos días es la afirmación con pretensiones de verdad histórica de que el Concilio de Nicea (325 D.C.) es el origen de una falsificación universal de la doctrina cristiana, o, lo que es lo mismo, de la “doctrina de los apóstoles”. Y se afirma que el Canon Bíblico fue manipulado dejando afuera “evangelios” que decían cosas diferentes de las que hoy universalmente aceptamos, y que este ocultamiento de los evangelios que mas tarde fueron llamados “apócrifos” y la manipulación referida fueron perpetrados mediante una confabulación entre el emperador Constantino y la Iglesia Católica con fines de dominio imperial.

Razonemos primero que si un contubernio incubado en el averno fuera capaz de borrar de la historia o tergiversar la “doctrina de los apóstoles” recibida de boca del Hijo y expuesta bajo la unción del Espíritu Santo estaríamos concediendo que nuestro Dios/Elohim  -YaHWéH- carece de poder para defender Su Mensaje a los naciones, sellado con la sangre del Hijo encarnado -el mayor misterio del universo- para que los que crean “no perezcan, mas tengan vida eterna” (Juan 3:16).


Y si esto fuera así, si YaHWéH no tuviera autoridad para preservar la doctrina de Su iglesia, tampoco podríamos confiar que Él está guiando ahora -en misterio- la historia de las naciones para consumar el Plan Redentor establecido desde antes de la fundación del mundo. Estaríamos a la deriva. Es decir, tendríamos que aceptar que Dios fue vencido por el Diablo, que la iglesia regada por la sangre preciosísima de su Hijo no venció las puertas del infierno como Jesús/Yeshua le declaró a Pedro y que en cambio ha sido tomada por el Maligno para sus fines. Esto no tiene ningún sentido y los hechos, por supuesto, son bastante diferentes.


1) El tema central del Concilio


Pongamos las cosas en foco: el objetivo excluyente del Concilio de Nicea fue resolver la controversia arriana. Y junto con este tema central –y de paso– se trataron algunos temas administrativos de una “iglesia” que había adquirido un tamaño incluso mayor que el territorio del Imperio, pero mantenía criterios diferentes en diferentes regiones que era necesario uniformizar. Pero el tema excluyente que atraía toda la atención de los presentes era decidir sobre la naturaleza de Jesúscristo/ YeshuaHamashiaj: ¿era este eterno o creado en el tiempo? ¿era de la misma sustancia que el Padre o no?. Ese fue el tema de la convocatoria que debía resolverse a partir de los planteos de Arrio.


Por lo tanto en este Concilio nada se discutió o se resolvió, ni a la vista ni en las sombras, sobre el Canon Bíblico, tema este que transitó por otros caminos y tuvo un tratamiento posterior (nota 1).


Digamos también que la palabra “Trinidad” no aparece en el Credo de Nicea (lo reproducimos en otra entrada). Este término aparece en un texto posterior – el “Credo Quicumque” – que se cree que fue generado en el sur de Francia en el siglo V. El Concilio de Nicea solo se dedicó a reafirmar para toda la “cristiandad” -es decir la iglesia “católica” en el sentido de “universal”- el dogma apostólico de que Jesús/Yeshua –el Verbo- es eterno como Su Padre y no creado en el tiempo como pretendía Arrio.


2)  El arrianismo y el motivo para la citación del Concilio


Entremos en tema: Arrio fue un presbítero y predicador de Libia trasladado a Alejandría en donde quedó bajo jurisdicción del obispo Alejandro. Y la controversia comenzó por un desacuerdo entre Alejandro y Arrio sobre como trasladar a términos filosóficos griegos la revelación de los evangelios sobre la naturaleza del Padre y el Hijo (el Verbo).


El Obispo Alejandro y su diácono Atanasio –por entonces veinteañero– se opusieron frontalmente a esta “facilitación filosófica” de la “doctrina de los apóstoles” que proponía Arrio, y este, sintiéndose contrariado, escribió una carta a Eusebio de Nicomedia, obispo cercano al emperador Constantino exponiendo su doctrina “facilitadora”. Y a Eusebio de Nicomedia tanto le gustó la “solución” de Arrio que la hizo suya y la publicitó por todo el Imperio –y aún mas allá de el a visigodos, ostrogodos y vándalos- poniendo todo el peso de su autoridad detrás. De esta manera –con un portavoz tan prestigioso e influyente- el arrianismo adquirió un carácter universal (para el mundo conocido de entonces) y la polémica estaba servida.


Arrio afirmaba que sería mucho mas “fácil de entender filosóficamente” la naturaleza del Verbo si se le adjudicara no solo una posición subordinada al Padre, sino también una sustancia “algo inferior” y se le incluyera entre las creaciones del Padre (es decir, que no fuera eterno ni increado). Decía que la formula que, por ejemplo, había acuñado el patriarca Tertuliano: “una sustancia y tres personas” para referirse a la naturaleza de Dios/Elohim era un “absurdo filosófico”.


Interesa saber que Constantino –que finalmente convocó a un Concilio para resolver la controversia en la ciudad de Nicea, cercana a Nicomedia, en donde tenia su palacio de verano- simpatizaba con el arrianismo y estaba bajo la influencia espiritual de Eusebio de Nicomedia, cuyo obispado, como decimos,  era cercano a su casa de descanso (y que además tenía amistad con su hermana  que le daba acceso fluido al emperador). Y que el Papa de Roma –Silvestre I- ni siquiera concurrió a Nicea porque estaba muy anciano, siendo representado por dos presbíteros de los cuales no se registra ninguna participación importante. Quien si tuvo protagonismo e hizo valer el peso de su autoridad espiritual ante al emperador (a cuyo padre había servido) fue Osio de Cordoba. Este era obispo de Hispania, de familia romana, y una de las figuras mas destacadas de su época.


3) La actitud de Constantino ante las controversias doctrinarias en el Imperio.


En una carta el emperador Constantino expone su actitud hacia las herejías que aparecían en una “iglesia” cristiana que se estaba consolidando, sometida a muchos “fuegos extraños” y que era transversal a muchas culturas:


“Mi designio era…primeramente traer los diversos juicios encontrados por todas las naciones con relación a la Deidad a una condición, por así decirlo, de uniformidad acordada; y, en segundo lugar, restaurar un tono saludable al sistema del mundo…”

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Es que habiendo puesto a la “iglesia” cristiana en el corazón de su Imperio -luego de haber derrotado a poderosísimos enemigos que esperaban la revancha- todo lo que la conmoviera era un tema de seguridad interna. Especialmente en en tiempos en que los temas teológicos adquirían extrema virulencia. La división de los pueblos bajo su dominio en torno a doctrinas de fe opuestas  podían convertirse dado el modo en que encendían los ánimos en un cisma político que le era imperioso controlar a tiempo. Esa era su actitud cuando convocó el concilio de Nicea: prevenir el cisma, consolidar la unidad.


4) El Concilio


En aplicación entonces de esta política Constantino convoca a Nicea -pagando los gastos de traslado- a los mas relevantes obispos de todos los rincones de su Imperio. Por Alejandría –en donde surgió esta controversia- acudió el obispo Alejandro acompañado de Atanasio, su joven diácono. Muchos de los obispos presentes en Nicea eran sobrevivientes de persecuciones anteriores –de Diocleciano- y por lo tanto habían recibido el “bautismo de fuego” de su fe. Osio de Córdoba era uno de los que habían sufrido tortura y aun las sufriría en las replicas post-concilio de parte de uno de los hijos de Constantino que quiso revisar las decisiones de su padre. Es decir: no había obsecuentes del emperador en Nicea.


Los voceros principales eran pues: por el arrianismo el obispo Eusebio de Nicomedia, y por la defensa de la ortodoxia Alejandro y su diácono Atanasio (y el obispo Osio de Córdoba que  resultó fundamental en la definición final). Y así relata un testigo presencial cual fue la reacción de la asamblea ante la exposición de la doctrina “facilitadora de la comprensión filosófica” de la naturaleza del Verbo, esto es el “arrianismo”:


“En esto estaban las cosas cuando Eusebio de Nicomedia, el jefe del partido arriano, pidió la palabra para exponer su doctrina. Al parecer, Eusebio estaba tan convencido de la verdad de lo que decía, que se sentía seguro de que tan pronto como los obispos escucharan una exposición clara de sus doctrinas las aceptarían como correctas, y en esto terminaría la cuestión. Pero cuando los obispos oyeron la doctrina según la cual el Hijo o Verbo no era sino una criatura -por muy exaltada que fuese esa criatura- les pareció atentar contra el corazón mismo de su fe. A los gritos de “¡blasfemia!”, “¡mentira!” y “¡herejía!”, Eusebio tuvo que callar, y se nos cuenta que algunos de los presentes le arrancaron su discurso, lo hicieron pedazos y lo pisotearon”
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¿Quien entonces contradijo la herejía arriana? ¿un contubernio entre Constantino y el ausente obispo de Roma? ¿o mas bien las cabezas mas lúcidas y militantes del pueblo cristiano de todas las regiones del Imperio –y mas allá- allí presentes?. Constantino que, como expresa en la carta transcribo mas arriba -y otros testimonios- no tenía intenciones teológicas propias sino que mas bien quería lograr una “uniformidad acordada” (“consenso” en palabras de hoy) para asegurar la paz a su Imperio, tuvo que abandonar a su preceptor espiritual Eusebio de Nicomedia y pasarse al bando de Alejandro, Atanasio y Osio de Córdoba. Y finalmente se redactó y aprobó el Credo de Nicea que se publica en otra entrada.


5) después del Concilio


Pero el tema no quedó saldado allí tal como sería de esperar si realmente este Concilio hubiera sido un contubernio manipulado. Mas bien la controversia arriana se prolongó mucho mas allá de la muerte del obispo Alejandro, de Arrio y del mismo Constantino. Este incluso osciló entre una y otra posición después del Concilio de Nicea ya que Eusebio de Nicomedia no dejó de intrigar a favor del arrianismo aprovechando su libre acceso a él por las cercanías a su palacio de verano del emperador y las amistades familiares. Finalmente se dice que fue él mismo –Eusebio de Nicomedia, campeón del arrianismo- quien lo bautizo poco antes de su muerte.


Los herederos del imperio –hijos de Constantino– tomaron partidos opuestos. Y tantos fueron los cambios de posición de la cúpula política imperial, acostumbrada a favorecer políticamente una u otra posición persiguiendo a los líderes de la que caía en desgracia, que Atanasio, sucesor de Alejandro en el obispado de Alejandría, fue desterrado seis veces y seis veces restituido a su cargo, escapando a veces milagrosamente de sus perseguidores. Y en esos tiempos peligrosos fue cuando produjo una abundante cosecha literaria en donde defendió lúcidamente la “doctrina de los apóstoles” ortodoxa. Dios/Elohim -YaHWéH- siempre rodea a sus principales siervos de alguna forma de tribulación para afinar su espíritu y lograr su excelencia.



Nota 1): para fijar fechas al proceso de establecimiento del Canon Bíblico inspirado y reconocido por la iglesia transcribo este párrafo tomado de un artículo en la Red:


“Los concilios de la Iglesia, el Concilio de Hipona en el año 393 A.D. y el Concilio de Cartago, en el año 397 y 419 A.D., ambos en el norte de África, confirmaron el canon Alejandrino (con 46 libros para el Antiguo Testamento) y también fijaron el canon del Nuevo Testamento con 27 libros. La carta del Papa S. Inocencio I en el 405, también dio aprobación oficial a esta lista de libros. Finalmente, el concilio de Florencia (1442) definitivamente estableció la lista oficial de 46 libros del A.T. y los 27 del N.T”.


Vemos que son todas fechas posteriores al Concilio de Nicea. La manipulación intencional de las Escrituras y la fijación de un Canon que traicionara la doctrina de los apóstoles  –aun si alguien se lo hubiera propuesto- era una tarea imposible debido a que existían originales de los textos que luego integraron el Canon por toda la “cristiandad” de entonces y cualquier cambio malicioso en alguno de ellos habría sido percibido de inmediato al ser cotejados con otra copia del mismo texto. Sin embargo en los textos apostólicos se afirma inequívocamente la deidad de nuestro Señor Jesucristo y esto era aceptado desde 200 años antes de Nicea en todos los cultos de la iglesia primitiva.


Por lo tanto en el Concilio de Nicea se reafirmó la doctrina ortodoxa. Demos gracias a Dios/Elohim -YaHWéH- que debido a la presión ejercida por Constantino, un hombre sin duda providencial para la iglesia naciente, en favor de la unidad de la doctrina cristiana, pudieron combatirse eficazmente las herejías y se establecieron  para siempre los dogmas que son el sustento revelado de nuestra fe. Es cierto que esta presión a favor de la unidad de la fe y de la iglesia tenía como fin la preservación de la seguridad interna del Imperio ya que las herejías provocaban revueltas y divisiones peligrosas. Pero, como sea, esta exigencia de unidad por parte del emperador Constantino evitó la dispersión y la adulteración del mensaje inspirado y colocó los cimientos firmes de una fe que alcanzaría después a todas las naciones de la tierra.

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