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“Solo yo puedo predecir el futuro antes que suceda. Todos mis planes se cumplirán… llamaré a una veloz
ave de rapiña desde el oriente, a un líder de tierras lejanas, para que venga y haga lo que
le ordeno. He dicho lo que haría, y lo cumpliré. Pues estoy listo para rectificar todo…
Estoy listo para salvar a Sión y mostrarle mi gloria a Israel”
Isaías 46: 10-13


…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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Transcribimos completo el devocional del pastor David Wilkerson [May 19, 1931; April 27, 2011] que nos llegó el 15 de octubre de 2013:

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“Estoy encorvado, estoy humillado en gran manera, ando enlutado todo el día…Estoy debilitado y molido en gran manera; gimo a causa de la conmoción de mi corazón…Mi corazón está acongojado, me ha dejado mi vigor, y aun la luz de mis ojos me falta ya…Mas yo, como si fuera sordo, no oigo; y soy como mudo que no abre la boca. Soy, pues, como un hombre que no oye, Y en cuya boca no hay reprensiones” (Salmos 38:6, 8, 10, 13-14).


Mientras leo este salmo, me imaginaba a David cayendo en la desesperación. Tal vez lo que más le preocupaba era que no podía entender por qué repentinamente fue echado tan bajo. Este hombre tenía hambre del Señor, derramaba su corazón diariamente en oración. Reverenciaba a Dios y escribía Salmos exaltando Su gloria. Pero ahora, en un estado depresivo, lo único que podía hacer era clamar: “Señor, estoy al final de mi camino y ¡no tengo ni idea de porqué está sucediendo esto!”.


Al igual que muchos cristianos desanimados, David trató de averiguar por qué se sentía tan vacío y quebrantado en espíritu. Probablemente revivió cada fracaso, pecado y acto necio en su vida y pensó: “Oh, Señor, ¿acaso todos los actos imprudentes que hice en mi vida, me dejaron tan herido que ya no tengo esperanza?”


Finalmente, David llegó a la conclusión de que Dios lo estaba castigando. Clamó: “Jehová, no me reprendas en tu furor, ni me castigues en tu ira” (versículo 1). Permíteme señalar que David no estaba escribiendo sólo acerca de su propia condición en este Salmo. Él estaba describiendo algo que todos los amantes devotos de Jesús enfrentan en algún momento de sus vidas: estar bajo el ataque de un espíritu devastador de desánimo, que proviene directamente de las entrañas del infierno. Ningún cristiano lo trae a sí mismo, tampoco el Señor lo envía; y tal ataque, por lo general, no tiene nada que ver con algún pecado o defecto específico del creyente.


Simplemente, el espíritu de desánimo es el arma más potente de Satanás contra los escogidos de Dios. Muy a menudo, él la utiliza para tratar de convencernos de que hemos atraído la ira de Dios sobre nosotros mismos por no cumplir con Sus santas normas. Pero el apóstol Pablo nos exhorta a no caer en la trampa del diablo: “Para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones” (2 Corintios 2:11).

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