“Por lo tanto, ¡alégrense, oh cielos!
¡Y alégrense, ustedes, los que viven en los cielos
Pero el terror vendrá sobre la tierra y el mar…“
Apocalípsis 12, 12

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…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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“En él tenemos redención por su sangre,
el perdón de pecados
según las riquezas de su gra cia,
que hizo sobreabundar para con nosotros
en toda sabiduría e inteligencia.
Él nos dio a conocer el misterio de su voluntad”
(Efesios 1:7-9)


El misterio central de la fe cristiana, esto es la redención de nuestros pecados por la sangre preciosísima del Hijo de Dios, demuestra sin duda una sabiduría insondable que solo puede provenir de Dios mismo. Es muy improbable que a un hombre se le hubiera “ocurrido” la necesidad de un plan de salvación para si mismo, y menos uno tan sabio y perfecto en su intocable “simplicidad”. en Hechos 20:28 refiriéndose a los pastores se dice:


“Por lo tanto, estén atentos
y cuiden de toda la congregación,
en la cual el Espíritu Santo los ha puesto
como pastores para que cuiden
de la iglesia de Dios,
que él compró con su propia sangre”.


La iglesia se sustenta en la sangre que por la fe sigue manando de la cruz a favor de los que creen en su Nombre.  Ella es fruto de la cruz, y en ella misma se sustenta, y por eso se insta a los pastores a cuidar de quienes han sido comprados para vida eterna por tan sagrado elemento. De este modo Él  “hizo sobreabundar” con “toda su sabiduría e inteligencia” sobre nosotros ese misterio otorgándole Sus dones a la iglesia. La fe cristiana no consiste solamente en creer en Dios, sino en creer en que Su Hijo unigénito se hizo carne para con Su sangre lavar nuestros pecados y así justificarnos ante el Padre. ¿De que otro modo podríamos tener derecho a traspasar el velo de Su Templo celestial (Heb 6:19) si no fuera detrás de Quien se ofreció a si mismo por nuestros pecados?


Y cuando nos apropiamos de este misterio no terminamos de contemplarlo en sus múltiples faces -¡como joya preciosa!- en toda nuestra vida. Solo dejaremos de hacerlo cuando seamos llamados a su Presencia. El Altísimo programó desde antes de la fundación del mundo, según las “riquezas de su gracia”, que un remanente de Su creacion hecha a Su semejanza pero viciada por la imperfección del pecado, sea justificado por la sangre de Su Hijo para así -en santidad- poder entrar y estar en Su Presencia eternamente.


Y esto para Su Gozo y nuestro gozo:


“El nos dio a conocer
el misterio de su voluntad…
a fin de que seamos
para alabanza de su gloria,
nosotros los que primeramente
esperábamos en Cristo”.
(Efe 1:9-12)


¡Que profundo es eso!

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