“Por lo tanto, ¡alégrense, oh cielos!
¡Y alégrense, ustedes, los que viven en los cielos
Pero el terror vendrá sobre la tierra y el mar…“
Apocalípsis 12, 12

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…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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7/11/2015

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Cuando el Señor enseñó como orar a Sus discípulos les dijo que, luego de dirigirnos al Padre celestial y santificar Su nombre, debemos pedir en primer lugar por la venida de Su Reino de modo que haya una sola voluntad rigiendo cielo y tierra. Y esta instrucción de que la venida del Reino es lo primero que debemos pedir es para meditar, y no siempre lo hacemos. Jesús/Yeshua sabía que Su Palabra sería contradicha por los malévolos y objeto de constantes incomprensiones y solo la venida de Su Reino podría consolidarla a nivel planetario. ¿Y a quien le había sido anunciado este Reino mundial de armonía celestial en primer lugar? Esto lo responde María/Myriam en el encuentro con su prima Isabel: “…lo prometió a nuestros antepasados, a Abraham y a sus descendientes para siempre”. El Reino por el que oramos es el Reino de ISRAEL por el cual preguntaron los discípulos al Resucitado, que es también el Reino de los Cielos porque de allí descenderá junto con Aquel que vieron subir entre nubes.


En el capitulo once de Hebreos se hace una pasmosa afirmación sobre Abraham:


“Por la fe habitó como extranjero
en la tierra de la promesa
como en tierra extraña,
viviendo en tiendas como Isaac y Jacob,
coherederos de la misma promesa”
(v. 9)


Es decir, Abraham no consideraba a la que hoy llamamos Tierra Prometida como su destino final, como el fin del camino con Dios/Elohim, su Amigo. Esperaba por Algo más y para evidenciarlo vivía en tiendas, tal como lo hicieron después los patriarcas Isaac y Jacob, para estar liviano de equipaje. El “…esperaba la ciudad que tiene cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (v. 10) porque Abraham sabia que solamente del cielo podía venir la roca firme de los siglos. Lo dice Pablo en el tercer capitulo de  la carta a los Filipenses:


“Porque nuestra ciudadanía está en los cielos,
de donde también ansiosamente esperamos
a un Salvador, el Señor Jesucristo”
(v. 20)


Abraham se sentía ciudadano celestial, no se apegaba ni siquiera a la parcela que Dios/Elohim le había donado porque aguardaba por una realidad más sólida:


“porque esperaba la ciudad que tiene cimientos,
cuyo arquitecto y constructor es Dios”
Hebreos 11: 10


Por eso es el padre de la fe. Y tanto que quizás esta última expresión vaya más allá del Reino prometido por Dios/Elohim a su descendencia. Es que hay revelaciones en las profecías que se superponen en nuestra visión espiritual, como las montañas a lo lejos. Y Abraham miraba muy lejos en las promesas venideras.


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En este sitio hablamos extensamente del Reino que vendrá a una Sión venidera transmutada por la Gloria celestial. Esto es lo que toca ahora en la revelación progresiva de la Palabra aunque no ha hachado raíz por completo en la mente y corazón de los creyentes. Pero lo propio de hoy es eso: anhelar el Reino que viene, la próxima etapa. Por la certeza de ese Reino venidero murieron los primeros mártires que se negaron a considerar al Cesar como “Señor” ya que conocían el auténtico, incorrupto e imperecedero. Y al día de hoy muchas señales lo anuncian tanto o mas que en aquellos días.


En el Reino que ya viene habrá una nueva Jerusalem, y un nuevo Templo en donde estará el Trono de “YaHWéH Justicia Nuestra”,  Rey y Sumo Sacerdote eterno de nuestra fe. Allí se reiniciaran sacrificios de animales con un significado renovado y diferente del AT según instrucciones que recibiremos entonces. Y existirán en ese Reino milenial tronos de justicia en donde recibirán autoridad para juzgar los creyentes que murieron martirizados. Seguramente un don especial en galardón a su fidelidad heroica.


Y desde esta Jerusalem del milenio se regirá con vara de hierro a las naciones. Porque habrá naciones sobrevivientes, nacimientos y muertes. Pero será un Reino de Paz, porque el Adversario que es padre de mentira, rebeldía e incredulidad, habrá sido encarcelado, aunque todavía no destruido.


Y habrá habido una resurrección como se dice en Filipenses 3: 21:


“el cual transformará el cuerpo
de nuestro estado de humillación
en conformidad al cuerpo de su gloria”


y de este modo despertaremos a nuestra semejanza con Él. Esta será la primera resurrección.

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Pero este Reino no será eterno, durara mil años, que es mucho tiempo pero poco comparado con la eternidad. Cumplido ese tiempo se soltara nuevamente al Adversario que envenenara de rebeldía a las naciones llevándolas –nuevamente- a sitiar al “campamento de los santos”, la capital del Reino mundial de Paz y Justicia, la nueva Jerusalem. Y esta vez sí será destruido.


Y entonces habrá una segunda resurrección, se abrirán libros y habrá Juicio –el llamado Juicio del Trono Blanco-. Y una ciudad resplandeciente descenderá del cielo:


“… el ángel me llevó a un monte grande y alto,
y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén,
que bajaba del cielo, de la presencia de Dios…
su brillo era como el de una piedra preciosa,
como un diamante, transparente como el cristal”
Apocalipsis 21: 10-11


Esta es la ciudad que esperaba Abraham, la que tiene fundamento en Dios mismo, la que tiene en sus murallas doce puertas labradas sobre perlas con el nombre de las doce tribus de ISRAEL, uno sobre cada una de ellas. Y habrán veredas de oro puro y transparente. Y es en ese tiempo que habrá definitivamente nuevos cielos y una nueva tierra. Y se dice:


“No vi ningún santuario en la ciudad,
porque el Señor, el Dios todopoderoso,
es su santuario, y también el Cordero.
La ciudad no necesita ni sol ni luna que la alumbren,
porque la alumbra el resplandor de Dios,
y su lámpara es el Cordero”


Otra diferencia: en el Reino que esperamos ahora todavía habrá santuario –un Templo- sol y luna, aunque mas brillantes que las que hoy conocemos. Pero en el Estado Eterno, o en la Nueva Jerusalem que desciende del cielo no serán necesarios. No habrá día ni noche. Y el trono será de Dios y del Cordero, habrá quedado atrás el de “YaHWéH Justicia Nuestra” –que es Dios- cuya misión ya habrá sido consumada. Y habra habido una segunda resurrección de quienes no participaron en la primera. Para salvación eterna o para juicio eterno.


Y el espiral de la revelación progresiva del Plan de Redención eterno parece haber llegado aquí a su fin, aunque solo en ese momento lo sabremos.


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En el capitulo doce de Daniel, cuando el profeta confiesa que no entiende todo lo que se le está revelando un ángel le dice: –“Sigue tu camino, Daniel, pues estas cosas deben ser mantenidas en secreto hasta que llegue el momento final”. Hay muchas cosas en la revelación del Reino y del Estado Eterno que todavía no se entienden a cabalidad, aunque sabemos que están escritas para ser creídas. Y por eso son útiles estas palabras del ángel a Daniel que parafraseamos: “Cálmate, esto no es para ser entendido ahora, a su tiempo será revelado, tan solo continua tu camino en fidelidad”.


No tenemos autoridad para entenderlo todo ya.  Es preciso que caigan velos sucesivos y el plan establecido desde antes de la fundación del mundo se vaya haciendo más y más evidente. El Señor solo nos pidió que orásemos en primer lugar por la venida del Reino. Y luego la oración continua pidiendo por el pan de cada día, recordándonos el perdón de las ofensas y rogando la divina protección en la tentación y el apartarnos del mal. Esto ya es bastante por ahora: todavía nos cuesta.


Tenemos un largo camino por delante, aun somos larvas en un capullo a la espera de lo que es permanente. Y Abraham lo sabía.  ¡Aleluya!

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