“En los días venideros —dice el Señor—, el pueblo de Israel
volverá a su hogar junto con el pueblo de Judá. Llegarán
llorando en busca del Señor su Dios. Preguntarán por el
camino a Jerusalén y emprenderán el regreso a su
hogar. Se aferrarán al Señor con un pacto
eterno que nunca se olvidará”
Jeremias 50, 4-5

EEUU, JERUSALEN Y UN ACTO DE JUSTICIA

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…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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Transcribimos completo el devocional del pastor David Wilkerson que nos llegó hoy: 6 de mayo del 2011:

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Después que la Palabra nos dice que Dios es el que hace cesar las guerras, esto es añadido: “Estad quietos y conoced que yo soy Dios…” (Salmo 46:10).


La palabra Hebrea para “quietos” es raphah, la cual significa cesar, dejar tranquilo, volverse débil, impotente. Viene de la palabra raíz rapha la cual significa reparar y ser hecho completo por las manos de un médico.


Cuán consistente es la Palabra de Dios. Él hace cesar las guerras y hasta que Él termine su trabajo, debemos de cesar nuestros esfuerzos de auto justicia, confiarle todo en sus manos, confesar nuestras debilidades y flaquezas, y confiar nuestro futuro y restauración en las manos de Cristo, nuestro Gran Médico.


Amado creyente, ¿está usted siendo desgarrado por su conflicto interior? Satanás puede zarandearlo, pero él no puede herirlo ni destruirlo. Más bien usted está siendo despojado con el propósito de prepararlo para recibir una revelación más profunda de la cruz y de esta manera, poder estar listo para ofrecer un mayor servicio a Dios.


Usted es como Pedro, el cual fue despojado de todo antes de ir al Pentecostés. Mire a este gran hombre de Dios caminando sin rumbo en las colinas de Jerusalén – completamente abatido -. Pedro caminó sobre las aguas una vez y ayudó a alimentar milagrosamente a multitudes. Él experimentó la actual gloria de Dios y fue un siervo usado, bendecido, prominente, y amado de Cristo. Pero él pecó gravemente, fallándole al Señor como pocos lo han hecho, y después, lloró y se afligió pensando que había perdido su salvación y su ministerio.


“¿Qué está mal dentro de mí?,” debió de haberse preguntado una y otra vez. “¿Por qué no tuve poder o fuerzas cuando fui tentado? ¿Por qué no tuve la reserva moral – la voluntad para resistir al enemigo -? ¿Por qué tuve que ser yo el que fallara? ¿Cómo puede un hombre de Dios hacerle tan horrenda cosa a su Señor?  ¿cómo pude haberles predicado a otros cuando yo no tengo poder en medio de mi crisis?”


Dios no causó la caída de Pedro, pero un gran bien vino como resultado de la misma. Era parte del proceso de despojo que tenía que pasar este hombre de Dios – permitir que se revelara lo que estaba arraigado profundamente en su hombre interior -. Sólo el fracaso podría exponer su orgullo y auto suficiencia. El  fracaso abatió a Pedro y le reveló su necesidad de depender absolutamente en su Señor para todo, incluyendo su pureza y rectitud.


¡Es en la sombra de la cruz que podemos soportar nuestras tentaciones y fracasos más grandes, para luego salir a la resurrección!
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