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“Por fin han llegado la salvación y el poder, el reino de nuestro Dios, y la autoridad
de su Mashiáj. Pues el acusador de nuestros hermanos —el que los acusa
delante de nuestro Dios día y noche— ha sido lanzado a la tierra.
…Pero el terror vendrá sobre la tierra y el mar…
Apocalípsis 12, 10-12

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…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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Compartimos este estudio tomado de “Novedades Fluvium” cuyo autor es Juan Manuel Roca:

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Algunos, ante la posibilidad de entregarse a Dios, dicen –y otros muchos lo piensan –: “me conozco bien y sé que no perseveraría en la entrega”. Este tipo de afirmaciones son, entre otras cosas, expresión de un planteamiento ilusorio: como si quien dice eso pensara que para ser llamado por Dios hace falta ser una persona especial, que los santos han sido hombres y mujeres hechos de una pasta distinta de la nuestra. Sin embargo, basta abrir los Evangelios para darse cuenta de que los que fueron llamados por el Señor –los Apóstoles– eran hombres corrientes, pobres, ignorantes… incluso tenían poca fe y metían la pata con frecuencia. ¡Y qué maravillas ha hecho Dios con su fidelidad!


Hemos de convencernos de que nuestras limitaciones y defectos pueden ser camino que nos lleve a Dios. La debilidad nos hace acudir a Dios y permite al Señor desplegar toda su fuerza. Como acabamos de ver, San Pablo lo tenía bien experimentado; tanto que había escrito: “Dios escogió la necedad del mundo para confundir a los sabios, y Dios eligió la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes; escogió Dios a lo vil, a lo despreciable del mundo, a lo que no es nada, para destruir lo que es, de manera que ningún mortal pueda gloriarse ante Dios. De Él os viene que estéis en Cristo Jesús, a quien Dios hizo para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención, para que, como está escrito: El que se gloría, que se gloríe en el Señor” (1 Co 1, 27-31). Deberíamos alegrarnos de no ser capaces de tantas cosas. Si miramos nuestra vida con humildad, la alegría del “no llegar” es como un adelanto del descubrimiento de la infinitud de Dios.


La llamada se da independientemente de las cualidades personales: Dios no se equivoca, creyendo que llama a alguien lleno de virtudes que luego, en realidad, es un desastre. Sabe quiénes somos mejor que nosotros mismos –nos ha hecho Él–: cuando nos llama conoce no sólo las limitaciones que nosotros conocemos, sino la dimensión real y profunda de nuestra miseria, que va más allá de lo que estamos dispuestos a reconocer. Y sin embargo nos llama contando con esos defectos, precisamente porque no son obstáculo para cumplir su voluntad.


Nuestros límites y la fuerza de Dios


La vocación muestra el verdadero ser de la persona, su verdadera dimensión, el auténtico horizonte de sus posibilidades de realización. Ser llamado equivale en la Biblia a “ser verdaderamente”: se puede decir que es más verdad en nosotros el poder de Dios que nuestra miseria, hasta tal punto que, junto con la vocación, dispone todos los medios y ayudas que cada uno necesita para ser capaz de responder fielmente, aunque sean muchas sus debilidades.


Si Dios necesitara nuestra perfección para poder apoyarse en nosotros, nos habría hecho perfectos; pero ya se ve que, en cuestiones de vocación, lo que cuenta no es lo que somos capaces de hacer, sino lo que Él es capaz de hacer en nosotros, si le dejamos. Sólo necesita nuestra lucha. Para tener la seguridad de que seremos capaces, por tanto, lo único necesario es contar con la gracia de Dios, que nunca nos faltará, y estar dispuestos a corresponder con nuestra lucha sincera y decidida en cada momento por serle fieles.


Alguno podría considerar, sin embargo, que la entrega lleva consigo demasiada lucha, sin darse cuenta de que es una realidad que crecemos y maduramos precisamente en aquello en que luchamos y nos vencemos, con la gracia de Dios. El problema siempre se resuelve en Dios, que nos da su gracia, su fuerza, para poder aquello que nos pide. Debemos aceptar nuestros límites, pero también amarlos, porque son, misteriosamente, la ocasión y la puerta para que entre la fuerza de Dios en nuestras vidas.

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