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“Pero Moisés trató de apaciguar al Señor su Dios. —… ¿por qué estás tan enojado con tu propio pueblo …
!Acuérdate de tus siervos Abraham, Isaac y Jacob. Tú mismo te comprometiste… diciendo:
“Haré que sus descendientes sean tan numerosos como las estrellas del cielo, y entregaré
a sus descendientes toda esta tierra que prometí darles, y ellos la poseerán para
siempre”. Entonces el Señor cambió de parecer…”
Éxodo 32, 11-14


…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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“El que me ama, mi palabra guardará;
y mi Padre lo amará, y vendremos a él
y haremos morada con él”
Juan 14:23

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A veces nos quieren hacer creer que guardar la Palabra de Dios, los mandamientos de Dios, es algo que tiene que ver con reprimir o achicar nuestra vida. Y que mejor sería no tener otra ley que aquella (cambiante y contradictoria) que se origina en nuestra carne o en las demandas de este mundo. Pero este pasaje nos dice que hay un regalo que viene junto con amar Su  Palabra, uno que nos inserta en la eternidad y ensancha hasta el infinito el horizonte de nuestra vida: el Padre y el Hijo vendrán a morar en nosotros por Su Santo Espíritu.


¿Puedes comprender la inmensidad de este regalo? ¿hay una mejor manera de soportar un mundo que anuncia todos los días su colapso que tener con nosotros, en nosotros, al Espíritu de  Dios, al Padre y al Hijo?. Sigue el consejo de Dios expresado en su Palabra y un futuro de alegría imperecedera, el premio eterno de los redimidos, te espera al final del camino.

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