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“Cada uno de ustedes debe arrepentirse de sus pecados y volver a Dios, y ser bautizado en el nombre
de Jesucristo para el perdón de sus pecados. Entonces recibirán el regalo del Espíritu Santo.
Esta promesa es para ustedes, para sus hijos y para la gente en el futuro lejano, es
decir, para todos los que han sido llamados por el Señor nuestro Dios”
Hechos 2, 38-39


…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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Transcribimos completo el devocional del pastor David Wilkerson [May 19, 1931; April 27, 2011] que nos llegó el 17 de diciembre de 2013:

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La cosa más difícil de hacer para los cristianos es perdonar. Considerando todo lo que se habla en la Iglesia sobre el perdón, la restitución y la sanidad, muy poco de esto es verdaderamente demostrado. A todos nos gusta pensar de nosotros mismos como pacificadores, personas que levantan a los caídos, siempre perdonando y olvidando. Pero aún los más profundamente
espirituales son culpables de herir a hermanos y hermanas al no mostrar un espíritu de perdón.


Incluso los mejores cristianos encuentran difícil perdonar a aquellos que han herido su orgullo. Dos buenos amigos cristianos se “pelean” y podrían tenerse rencor de por vida. Ellos rara vez lo admiten, debido a que cubren sus espíritus rencorosos con una fachada de visitas de cortesía, buenas palabras y la invitación: “ven a vernos cuando quieras”. Pero nunca más es lo
mismo. Realmente no odiamos a la otra parte, sólo parecemos estar diciendo: “No tengo nada en contra de él, pero solo quítamelo de encima. Que siga su camino y yo el mío”. Nosotros simplemente ignoramos a la gente que no podemos perdonar.


La persona más difícil de perdonar es alguien que ha sido ingrato. Amaste a alguien sin ser amado. Te sacrificaste para ayudar a un amigo en necesidad, sólo para ser criticado o que asumieran que era tu obligación ayudar. La persona a la cual te esforzaste en ayudar no muestra nada más que ingratitud y egoísmo a cambio. Tus buenas intenciones y tus buenas obras son
malinterpretadas como que hubiesen sido motivadas egoístamente. ¿Alguna vez perdonamos a esa persona ingrata? Casi nunca. Les sonreímos, le damos un saludo de mano a la distancia, pero nos determinamos a “nunca hacer nada por ellos de nuevo”.


Luego tenemos a los que nos engañan. Nos resulta casi imposible perdonar a tal persona. Estamos más ansiosos de que nos perdonen nuestras propias mentiras y faltas, pero nada nos enfurece más que descubrir que alguien nos ha mentido.


¿Y qué decir de la persona que nos dice que estamos equivocados? Convencidos de que tenemos buenas razones para todo lo que hacemos, nos resulta muy difícil perdonar a la persona que sugiere que hemos cometido un error. En lugar de echar una mirada honesta a lo que esa persona nos está diciendo, justificamos nuestras acciones.


En Su enseñanza sobre la oración Jesús dijo: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”. (Mateo 6:11-12).

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