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“Por fin han llegado la salvación y el poder, el reino de nuestro Dios, y la autoridad
de su Mashiáj. Pues el acusador de nuestros hermanos —el que los acusa
delante de nuestro Dios día y noche— ha sido lanzado a la tierra.
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…Pero el terror vendrá sobre la tierra y el mar…“

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…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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10/02/ 2014

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by Gary Wilkerson

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Cristo pronunció las bienaventuranzas a un cuerpo de creyentes dividido y sin esperanza: “Bienaventurados vosotros los quebrantados, que lloran, que son pobres de espíritu. Son benditos, no porque hayan hecho nada para ganárselo, sino porque yo estoy con vosotros” (Ver Mateo 5:2-11).


¡Qué revelación! Somos bendecidos simplemente porque Jesús está con nosotros. La bendición de Emanuel, “Dios con nosotros” (Mateo 1:23), adquiere un nuevo significado a la luz de la profecía de Isaías: “Te daré por pacto al pueblo, para que restaures la tierra, para que heredes asoladas heredades” (Isaías 49:8). La bendición de la presencia de Cristo iba a silenciar todas nuestras voces acusadoras.


Este silenciamiento ocurrió literalmente en el caso de la mujer sorprendida en adulterio (Juan 8:1-11). Los líderes religiosos la llevaron a Jesús exigiéndole que Él también la acuse, pero secretamente tenían otra razón para traerla ante Jesús: ¡Querían acusarlo!


¿Alguna vez has oído cristianos acusar a Dios de algo? Lo escucho de las personas todo el tiempo en mi consejería pastoral: “Dios no está obrando en mi vida. Oro fielmente, pero Él no responde. He hecho todo lo que puedo, pero todavía no me ha liberado”. Esto es exactamente lo que Satanás quiere que hagamos: Acusar a Dios en nuestros corazones. Esto crea un ciclo sin fin de esclavitud.


Jesús respondió a la mujer adúltera y a los que la acusaban: “Se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (Juan 8:7). Dios ya no era el que estaba siendo acusado. Jesús había vuelto el centro de atención hacia donde pertenecía, hacia el propio pecado de ellos; y ellos respondieron “[saliendo] uno a uno” (Juan 8:9).


Tenga en cuenta lo que dijo Jesús entonces a la mujer: “¿Dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?” (Juan 8:10). Esto es exactamente lo que Jesús nos dice hoy: “¿Dónde están tus acusadores? ¿Dónde están las voces que dicen: ‘Tú eres pecador sin esperanza, un fracaso’? ¡Se han ido! Yo soy tu justicia ahora y he silenciado a todos tus acusadores”.


Cuando esas voces sigan gritando en nuestros oídos, vamos a escuchar otra voz por encima de todas ellas: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen” (Juan 10:27). La voz de Cristo nos dirá: “He silenciado a tus acusadores”. Su verdad atraviesa todo clamor y estrépito con su paz, que sobrepasa todo entendimiento.

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