“En los días venideros —dice el Señor—, el pueblo de Israel
volverá a su hogar junto con el pueblo de Judá. Llegarán
llorando en busca del Señor su Dios. Preguntarán por el
camino a Jerusalén y emprenderán el regreso a su
hogar. Se aferrarán al Señor con un pacto
eterno que nunca se olvidará”
Jeremias 50, 4-5

EEUU, JERUSALEN Y UN ACTO DE JUSTICIA

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…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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Transcribimos completo el devocional del pastor David Wilkerson [May 19, 1931; April 27, 2011] que nos llegó el 7 de noviembre de 2013:

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Hay victoria disponible para nosotros sobre todas estas cosas que atribulan nuestras mentes. Se encuentra envuelta en un pacto que Dios hizo hace años con Abraham y sus descendientes:


“Salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos aborrecieron; para hacer misericordia con nuestros padres, y acordarse de su santo pacto; del juramento que hizo a Abraham nuestro padre, que nos había de conceder que, librados de nuestros enemigos, sin temor le serviríamos en santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días.” (Lucas 1:71-75).


El juramento de Dios a Abraham y a sus hijos es claro como el cristal: ¡Él nos librará de todos nuestros enemigos, para que podamos vivir sin miedo -tranquilos y en reposo – todos los días de nuestras vidas!


Amados, este pacto se aplica a cada uno de nosotros que vivimos hoy en día. Según Pablo, todos los que han recibido a Cristo como Señor por la fe son “descendientes de Abraham.” “…No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes.”(Romanos 9:8). “Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham.” (Gálatas 3:7).


Entonces, ¿Cómo podemos reclamar la promesa de este pacto? Abraham hizo una pregunta similar al Señor, cuando él no vio ningún alivio para su dilema. Él preguntó: “¿Qué me darás, Señor, ya que yo no tengo ningún hijo?” Esta fue la respuesta de Dios: “… Yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande” (Génesis 15:1).


El Señor le dijo: “Abraham, Yo voy a darte a Mí mismo – y eso es todo. Yo seré tu defensor y tu gran recompensa, porque Yo soy el que soy. ¡Nunca necesitarás temer a otro enemigo mientras vivas, porque Yo seré Dios para ti!”


El Señor nos da una promesa tan gloriosa como esta en su nuevo pacto cuando dice: “Y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mí por pueblo;” (Hebreos 8:10). De hecho, desde el mismo principio de la creación, a través de toda la Escritura, oímos a Dios haciendo esta súplica a la humanidad: “¡Yo quiero ser Dios para ti!”

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