“En los días venideros —dice el Señor—, el pueblo de Israel
volverá a su hogar junto con el pueblo de Judá. Llegarán
llorando en busca del Señor su Dios. Preguntarán por el
camino a Jerusalén y emprenderán el regreso a su
hogar. Se aferrarán al Señor con un pacto
eterno que nunca se olvidará”
Jeremias 50, 4-5

EEUU, JERUSALEN Y UN ACTO DE JUSTICIA

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…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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Transcribimos completo el devocional del pastor David Wilkerson [May 19, 1931; April 27, 2011] que nos llegó hoy: 30 de enero del 2012:

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Pablo nos da una lista de aquellos que no heredarán el Reino de Dios:


“Ni los fornicarios, ni los idólatras, no los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios” (1 Corintios 6:9-10).


Pero luego, el apóstol añade: “Y esto erais algunos de vosotros, pero ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu de nuestro Dios.” (Versículo 11).


¿Cómo estas personas que fueron salvadas de tan horribles pecados llegaron a ser justas delante de Dios? ¿Qué hicieron para no ser más malvados sino más bien, aceptados por Dios?


En primer lugar, Dios no hace acepción de personas; no es en absoluto impresionado por el título de una persona o sus honores en la tierra, ya sea un rey, una reina, un presidente o un primer ministro. Y en segundo lugar, Dios no es cautivado por ninguna bondad en nosotros: Largas oraciones, el ayuno, el diezmo, los estudios bíblicos, las buenas obras, nada de eso nos hace justos o aceptable delante de Dios. Incluso nuestra “bondad” en la carne: buen carácter, palabras, pensamientos y actos son un hedor a Su nariz si se utiliza como un alegato en favor de nuestra propia justicia.


Cuando Jesús fue a la cruz, Él crucificó nuestro “hombre viejo” de la carne.Sólo queda un hombre, uno sólo con quien Dios quiere tratar: su Hijo. Cuando Jesús terminó su obra en la tierra y se sentó a la diestra del Padre, Dios dijo: “A partir de ahora solo reconozco un hombre, el único hombre justo. Cualquier persona que viene a mí, debe venir a través de Él: a través de Mi Hijo. Todos los que quieran ser justos deben aceptar su justicia, ¡y ninguna otra!”


Somos aceptados en los ojos de Dios por la fe en Cristo y su obra: “nos hizo aceptos en el Amado” (Efesios 1:6).


¿Puede ver ahora lo importante que es permanecer en Jesús y venir a Él rápidamente cada vez que falla? Tiene que aprender a correr hacia Él, clamando, “¡Jesús, te he fallado! no puedo resolver esto. No importa lo que haga, nunca podré ser reconocido ante el Padre ¡a menos que vaya hacia Él en ti!”
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