“Por lo tanto, ¡alégrense, oh cielos!
¡Y alégrense, ustedes, los que viven en los cielos
Pero el terror vendrá sobre la tierra y el mar…“
Apocalípsis 12, 12

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…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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En el evangelio de Juan leemos las palabras de Jesús/Yeshua poco antes de la pasión cuyo sufrimiento conocía desde “antes de la fundación del mundo”. En ellas se puede discernir tres motivos de alegría a pesar de los momentos dramáticos que se aproximaban. El primero esta en Juan 14:28:


“Si de veras me amaran,
se habrían alegrado al saber
que voy al Padre,
porque él es más que yo.
(Juan 14:28)


Los discípulos no asumían todavía a pesar de habérselo oído una y otra vez a su Maestro, la deidad del Hijo y su intima unión con el Padre. Dice Filipenses 2:6 refiriéndose al despojamiento de Jesús/Yeshua desde la gloria de su deidad a la bajeza de la naturaleza carnal:


“Él, siendo en forma de Dios,
no estimó el ser igual a Dios
como cosa a que aferrarse,
sino que se despojó a sí mismo,
tomó la forma de siervo
y se hizo semejante a los hombres.


Es natural que Quien había soportado algo tan abismalmente desgarrador ansiara al retorno al seno del Padre. Aun sabiendo que todavía le restaba el último trecho de este “despojamiento” abisal: se aproximaba el momento que iba a recibir sobre Si el agobiante peso del pecado del mundo. Pero aún así vislumbraba con inefable ardor el reencuentro con Quien era mayor que Él por ser su Padre – aunque igual en divinidad – y que por ser Padre lo contenía:


“Ahora pues, Padre,
glorifícame tú al lado tuyo,
con aquella gloria que tuve contigo
antes que el mundo existiera.
(Juan 17:5)


Y los discípulos no discernían la indecible alegría que suponía ese anhelado Reencuentro. Amaban a su Maestro, pero lejos estaban de discernir Su lucha interior que oscilaba entre el dolor de Su misión sacrificial que se aproximaba y la alergia del revestimiento de la inmarcesible Gloria primera que le aguardaba después de ese dolor desgarrador.

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El segundo motivo de alegría esta en Juan 16:5-7:


“…les digo la verdad:
es mejor para ustedes
que yo me vaya.
Porque si no me voy,
el Consolador no vendrá
para estar con ustedes;
pero si me voy,
yo se lo enviaré”.
(Juan 16:5-7)


Tampoco los discípulos podían comprender – todavía – que la partida de su Maestro redundaría en un mayor beneficio para ellos. Y sería necesario esperar hasta Pentecostés – cincuenta días después – cuando un “viento recio” descendería con poder de lo Alto y todo se volviera claro. En Juan 14:16:20 el Maestro les dice cual sería el superior entendimiento que recibirían:


“En aquel día,
ustedes se darán cuenta
de que yo estoy en mi Padre,
y ustedes están en mí,
y yo en ustedes”.


Es decir, si Él partía – explica – sus discípulos recibirían un Espíritu que les revelaría su comunión con el Padre y el Hijo y siempre estaría con ellos. Esto era una radical novedad con respecto al judaísmo y debía de llenarlos de alegría. Ya no tendrían que estrecharse en Su torno para escuchar cada una de sus Palabras porque “el Espíritu Santo que el Padre va a enviar en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Juan 14:26).


La situación sería entonces muchísimo mejor y por eso el Maestro afirmaba con razón que deberían de alegrarse por su partida.

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El tercer motivo de alergia para superar la tristeza evidente que los embargaba se relata en Juan 16:20-23:


“…aunque ustedes estén tristes,
su tristeza se convertirá en alegría.
Cuando una mujer va a dar a luz,
se aflige porque le ha llegado la hora;
pero después que nace la criatura,
se olvida del dolor a causa de la alegría
de que haya nacido un hombre en el mundo.
Así también, ustedes se afligen ahora;
pero yo volveré a verlos,
y entonces su corazón se llenará de alegría,
una alegría que nadie les podrá quitar”.


cuando el Maestro dice aquí “yo volveré a verlos” no se refería a su resurrección ya que por extraordinario que haya sido ese radiante momento – ¡y vaya si lo fue! – solo se trató de un destello de la Gloria futura. No, el anuncio se refería a algo mucho mas grandioso y permanente: a su reencuentro con sus discípulos en el Reino venidero. Ya en el inicio de la cena pascual Jesús/Yeshua había exclamado:


“ -¡Cuánto he querido celebrar con ustedes
esta cena de Pascua antes de mi muerte!
Porque les digo que no la celebraré de nuevo
hasta que se cumpla en el reino de Dios!”.
(Lucas 22:15-16)


La celebración de la cena del Señor nos recuerda entonces hoy, hacia atrás el sacrificio del cuerpo y la donación de la sangre del Cordero por los cuales somos libres del pecado y del poder de la muerte. Pero también anuncia hacia delante el  el Reino en donde los elegidos volverán a ver a su Maestro – esta vez revestidos de gloria – ¿celebramos estos dos significados de la cena pascual?. Si leemos con atención el Señor los subrayó en todas sus palabras esa noche, y es patente en sus brindis:


“Tomen esto y repártanlo entre ustedes;
porque les digo que no volveré a beber
del producto de la vid,
hasta que venga
el reino de Dios.
(Lucas 22:17-18)


en donde se anuncia el Reino. Y:


“Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre,
que por vosotros se derrama”.
(Lucas 22:20)


en donde anuncia la cruz.


La cruz y el Reino son los polos que mantienen vigorosa la corriente de Vida abundante del creyente. Si uno de esos polos no esta suficientemente despierto esa corriente languidece y corre el riesgo de desaparecer. – “Acuérdate de mi cuando vengas en tu Reino” le pidió el ladrón arrepentido crucificado a Su lado. Y Él le confirmo esa esperanza postrera.


La cruz apunta al Reino bienaventurado.

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