“Por lo tanto, ¡alégrense, oh cielos!
¡Y alégrense, ustedes, los que viven en los cielos
Pero el terror vendrá sobre la tierra y el mar…“
Apocalípsis 12, 12

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…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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Refiriéndose a los días finales dice el evangelio de Lucas: “habrá señales extrañas en el sol, en la luna y en las estrellas. Y aquí en la tierra, las naciones del mundo estarán en caos, perplejas por los mares rugientes y las mareas extrañas” (21:25).  Así estamos hoy: señales en el cielo, caos en las naciones, bramidos en el mar, perplejidad por los acontecimientos que se superponen velozmente unos a otros, apostasía. Y habrá a quienes les parezca que el Señor duerme, que no se hace cargo del sufrimiento de los suyos, que no le importa. También parecía que dormía cuando una fuerte tormenta zarandeaba la barca en que estaba con sus discípulos. Y estos lo despertaron aterrados: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?»… (¡pregunta muy actual!) Jesús se despertó, reprendió al viento y dijo a las olas: «¡Silencio! ¡Cálmense!»…Luego él les preguntó: «¿Por qué tienen miedo? …».

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Un significado del nombre “María” reconocido desde los primeros siglos es “Estrella del Mar” o Stella Maris.  Y hay testimonios de que, en ocasiones de fuertes tormentas, marineros invocaron a María y fueron socorridos. Así, Stella Maris es la patrona de muchos pueblos pesqueros. Por eso se escribió: “María es la Estrella del Mar a la que debemos seguir con nuestra fe y comportamiento mientras damos tumbos en el mar proceloso de la vida. Ella nos iluminará para creer en Cristo nacido de ella para salvación del mundo” (1). Vemos que María, como su Hijo, trae paz en medio de la tormenta y es natural invocar su amparo y guía en medio de la angustia dado su condición de madre de nuestro Salvador, siempre atenta a nuestras circunstancias.

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Tal vez un ejemplo de su auxilio fue lo que ocurrió el 13 de mayo de 1981, día del atentado a San Juan Pablo II. Era el día de la virgen de Fátima y el Santo Padre aseguro que la Virgen María estuvo allí para protegerlo. Luego alguien le hizo notar que no había una imagen de la Virgen en la plaza de San Pedro y entonces San Juan Pablo II decidió que tendría que haber allí alguna representación de la Virgen Mater Ecclesiae porque ella “siempre ha estado unida a la Iglesia, especialmente en los momentos difíciles de su historia”.  Finalmente, el 8 de diciembre bendijo un mosaico reproducción de la Mater Ecclesiae que observa a la plaza desde las alturas “como signo de protección celestial al soberano pontífice, a la Iglesia y a quien se encuentre en la plaza de San Pedro”. De modo que ese mosaico en cuya base se imprimió el “Totus tuus”, es una señal de “María, auxilio de los cristianos”, Stella Maris  auxilio en la tormenta para la atribulada tripulación de la barca de San Pedro que es la iglesia peregrina.

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Pero ¿es verdad que la Virgen no tenía representación en la plaza de San Pedro antes de que San Juan Pablo II mandara colocar el mosaico de la Mater Ecclesiae? Veamos algo sorprendente que muestra que la Virgen se anticipa y nos edifica sobre su auxilio previsor. Cuando Bernini concibió -luego de muchas elaboraciones- el magnifico espacio que hoy alberga la convocatoria universal de la catolicidad escribió estas sabias palabras: “La iglesia de San Pedro, cual matriz de todas las demás debe tener un pórtico que muestre que recibe con los brazos abiertos, maternalmente, a los católicos para confirmarlos en la fe, a los herejes para reunirlos en la Iglesia y a los infieles para iluminarlos hacia la verdadera fe”.  Y veamos la plaza de San Pedro en Google Earth:

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¿Qué vemos? Ese espacio que nos recibe “maternalmente” –según palabras de Bernini-  es un signo de María encinta de su divino Hijo. ¡Ella siempre estuvo allí unida indisolublemente a la barca de Pedro! Veamoslo también así:

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Cuando nos dirigimos al sagrado recinto de la Basílica en donde se encuentra el altar más exaltado en donde celebrar la Eucaristía  -porque se ubica sobre la tumba de Pedro- lo hacemos transitando a través de ella. Y así repetimos sin saberlo la historia de la encarnación: a través de ella llegamos al Cristo Eucarístico. Y la elipse que forman las columnatas que es signo del bendito vientre tiene como focos dos fuentes surgentes que nos hablan del Agua Viva que fluye del interior de aquel que se rinde a Él y son señal de Quien fecundó su vientre virginal: el Espíritu Santo que da testimonio del Padre y el Hijo.  Y el obelisco que esta en el centro fue testigo de la muerte de Pedro y figura la espada que le atravesaría su corazón a María según la profecía de Simeón. Cuando el Santo Padre reza el Ángelus desde la ventana de sus aposentos, el pueblo –la iglesia peregrina- se encuentra reunido en el vientre del Arca de la Nueva Alianza siendo observado desde las alturas de la columnata por los santos de la iglesia triunfante. Es la comunión de los santos. ¿No es esto sorprendente?

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Ella siempre estuvo allí, en todo el proceso urbanístico, en el corazón de Bernini primero, y luego en las demoliciones que abrieron definitivamente la Vía de la Consolación para formar un único espacio que se ensancha hacia el ovalo de las columnatas. Esto hizo explícito el contorno de María y así se inscribe  en la plaza que es antesala y extensión de la Basílica símbolo de la barca de Pedro, ligada indisolublemente a ella. ¡Stella Maris de nuevo!, y nos da una silente lección de teología.

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Tal vez si San Juan Pablo II hubiera conocido los recursos que hoy existen habría sonreído al descubrir la imagen y signos de la Virgen María incluidos en la maternal plaza del Vaticano. Y nos hubiera dicho: “no tengan miedo”. Es lo que dijo Jesús a Sus discípulos luego de calmar el mar: “¿Por qué tienen miedo?” Y es lo que nos dice hoy Stella Maris cuando los mares de las naciones parecen espumajear de ira infernal a nuestro alrededor. Ella calma las olas y el viento huracanado y nos enseña el camino de la conversión permanente. La santidad, la oración y el ayuno, produce milagros en este mundo, según sea el propósito de Dios. Pero si nos toca partir por ser coherentes con nuestro testimonio lo haremos para siempre hacia el beatifico lugar en donde están ella y Su Hijo.  Y esto es un don inefable que nadie puede arrebatarnos, es nuestra viva esperanza y María, asunta en cuerpo y alma, también se nos anticipó y nos espera.

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(1) Pascasio Radberto (siglo IX)

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