“Natanael le dijo: —Maestro, ¡tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel! (1)
…También dijo Jesús: —Les aseguro que ustedes verán el cielo abierto,
y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre
Juan 1: 49-51

(1) Natanael llama a Jesús “Hijo de Dios” y agrega “Rey de Israel”. De modo que quienes confesamos a Jesús también estamos prometiendo obediencia al “Rey de Israel” y, en consecuencia, no podemos ser otra cosa que israelitas. A veces los cristianos no percibimos esta pertenencia a pesar de que “Cristo” quiere decir “Ungido” o “Mesías”, esto es Rey eterno de ISRAEL. Y también en este pasaje Jesús se refiere a Si mismo como “Hijo del Hombre”, es decir, mediador eterno entre Dios y los hombres ya que participa de las dos naturalezas. “Hijo de Dios”, “Rey de Israel” e “Hijo del Hombre”, tres formas de referirse a Jesús/Yeshua.

…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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“Porque mis pensamientos
no son vuestros pensamientos
ni vuestros caminos mis caminos»,
dice YaHWéH.
Como son más altos
los cielos que la tierra,
así son mis caminos
más altos que vuestros caminos
y mis pensamientos
más que vuestros pensamientos”
(Isaías 55:8-9)


Nuestra mente natural tiene una tentación constante a querer entenderlo todo, racionalizarlo todo, y poner todo bajo el escrutinio de la razón. Es más, hay quienes escriben “Razón” con mayúscula como si fuera un dios supremo al que todo hay que sacrificar.


Pero cuando renacemos del Espíritu tenemos una mente espiritual que entiende que hay cosas incomprensibles – ¡vaya paradoja! – y que es poco sabio querer hacer entrar todo lo que existe en nuestra razón finita. Dice Eclesiastés 3:1:


“Todo lo hizo hermoso en su tiempo,
y ha puesto eternidad
en el corazón del hombre,
sin que este alcance a comprender
la obra hecha por Dios desde el principio
hasta el fin”.


Cuando renacemos del Espíritu éste da testimonio en nosotros de la eternidad, y, junto con ella, de la imposibilidad de comprender “toda la obra de Dios desde el principio hasta el fin”.


No obstante la mente espiritual no es “irracional”, sino que tiene una racionalidad temerosa de Dios, que percibe Su obra y la contempla. Ante ella, la pretensión de la mente natural de comprenderlo todo, de abarcarlo todo, y todo someterlo a la finitud de la mente humana negando la existencia de Dios y de Sus obras, es necedad.