«En aquel día venidero… reuniré a los lisiados, a los que fueron desterrados, y a quienes
he llenado de profundo dolor. Los que son débiles sobrevivirán como un remanente,
los que fueron desterrados volverán a ser una nación poderosa.
Entonces… desde Jerusalén gobernaré como su rey para siempre»
Miqueas 4: 6-7

…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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“Porque mis pensamientos
no son vuestros pensamientos
ni vuestros caminos mis caminos»,
dice YaHWéH.
Como son más altos
los cielos que la tierra,
así son mis caminos
más altos que vuestros caminos
y mis pensamientos
más que vuestros pensamientos”
(Isaías 55:8-9)


Nuestra mente natural tiene una tentación constante a querer entenderlo todo, racionalizarlo todo, y poner todo bajo el escrutinio de la razón. Es más, hay quienes escriben “Razón” con mayúscula como si fuera un dios supremo al que todo hay que sacrificar.


Pero cuando renacemos del Espíritu tenemos una mente espiritual que entiende que hay cosas incomprensibles – ¡vaya paradoja! – y que es poco sabio querer hacer entrar todo lo que existe en nuestra razón finita. Dice Eclesiastés 3:1:


“Todo lo hizo hermoso en su tiempo,
y ha puesto eternidad
en el corazón del hombre,
sin que este alcance a comprender
la obra hecha por Dios desde el principio
hasta el fin”.


Cuando renacemos del Espíritu éste da testimonio en nosotros de la eternidad, y, junto con ella, de la imposibilidad de comprender “toda la obra de Dios desde el principio hasta el fin”.


No obstante la mente espiritual no es “irracional”, sino que tiene una racionalidad temerosa de Dios, que percibe Su obra y la contempla. Ante ella, la pretensión de la mente natural de comprenderlo todo, de abarcarlo todo, y todo someterlo a la finitud de la mente humana negando la existencia de Dios y de Sus obras, es necedad.