“…el pueblo de Israel volverá a vivir en su propio país, la tierra que le di
a mi siervo Jacob. Pues reuniré a los israelitas de entre las tierras lejanas
adonde los había esparcido. A la vista de las naciones del mundo, revelaré
mi santidad en mi pueblo… ellos vivirán seguros, construirán casas
y cultivarán viñedos… ellos sabrán que yo soy el Señor su Dios”
Ezequiel 28,25-26

“…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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“Porque mis pensamientos
no son vuestros pensamientos
ni vuestros caminos mis caminos»,
dice YaHWéH.
Como son más altos
los cielos que la tierra,
así son mis caminos
más altos que vuestros caminos
y mis pensamientos
más que vuestros pensamientos”
(Isaías 55:8-9)


Nuestra mente natural tiene una tentación constante a querer entenderlo todo, racionalizarlo todo, y poner todo bajo el escrutinio de la razón. Es más, hay quienes escriben “Razón” con mayúscula como si fuera un dios supremo al que todo hay que sacrificar.


Pero cuando renacemos del Espíritu tenemos una mente espiritual que entiende que hay cosas incomprensibles – ¡vaya paradoja! – y que es poco sabio querer hacer entrar todo lo que existe en nuestra razón finita. Dice Eclesiastés 3:1:


“Todo lo hizo hermoso en su tiempo,
y ha puesto eternidad
en el corazón del hombre,
sin que este alcance a comprender
la obra hecha por Dios desde el principio
hasta el fin”.


Cuando renacemos del Espíritu éste da testimonio en nosotros de la eternidad, y, junto con ella, de la imposibilidad de comprender “toda la obra de Dios desde el principio hasta el fin”.


No obstante la mente espiritual no es “irracional”, sino que tiene una racionalidad temerosa de Dios, que percibe Su obra y la contempla. Ante ella, la pretensión de la mente natural de comprenderlo todo, de abarcarlo todo, y todo someterlo a la finitud de la mente humana negando la existencia de Dios y de Sus obras, es necedad.


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