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“Por fin han llegado la salvación y el poder, el reino de nuestro Dios, y la autoridad
de su Mashiáj. Pues el acusador de nuestros hermanos —el que los acusa
delante de nuestro Dios día y noche— ha sido lanzado a la tierra.
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…Pero el terror vendrá sobre la tierra y el mar…“

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…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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Transcribimos completo el devocional del pastor David Wilkerson [May 19, 1931; April 27, 2011] que nos llegó el 6 de agosto de 2013:

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No estamos en libertad de orar al azar por cualquier cosa que nuestras mentes egoístas puedan concebir, ni estamos autorizados a entrar en Su presencia y ventilar nuestras ideas tontas y divagaciones sin sentido. Si Dios aprobara todas nuestras peticiones sin criterio, terminaría entregando su gloria.


Hay una ley de la oración, una ley destinada a eliminar las oraciones egoístas, mientras que al mismo tiempo hace posible que los íntegros pidan confiadamente. En otras palabras, podemos orar por cualquier cosa queramos, siempre que sea Su voluntad.


“Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho.” (1 Juan 5:14-15).


Los discípulos no estaban orando de acuerdo a la voluntad de Dios cuando oraron con afán de venganza. Ellos pidieron a Dios de esta manera: “Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo…y los consuma? Entonces volviéndose él, los reprendió, diciendo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois” (Lucas 9:54-55).


Job, en su dolor, le suplicó a Dios que le quitara su vida. ¿Y si Dios hubiese contestado su oración? Tal oración es contraria a la voluntad de Dios. La Palabra advierte: “No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios” (Eclesiastés 5:2).


Daniel oró de la manera correcta. En primer lugar, fue a las Escrituras y buscó cual era la mente de Dios. Entonces, después de recibir instrucciones claras, y estando seguro de la voluntad de Dios, corrió hacia el trono de Dios con una poderosa confianza. “Y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración” (Daniel 9:3).


Sabemos demasiado acerca de lo que queremos y muy poco acerca de lo que Dios quiere. Nuestras oraciones son abortadas cuando no están de acuerdo con Su voluntad.

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