esperamos con mucho anhelo que él regrese… Él tomará nuestro débil cuerpo mortal
y lo transformará en un cuerpo glorioso, igual al de él
Filipenses 3, 20-21

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Transcribimos completo el devocional del pastor David Wilkerson [May 19, 1931; April 27, 2011] que nos llegó el 4 de abril de 2014:

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Mientras los hijos de Israel acampaban en el Monte Sinaí, repentinamente fueron cubiertos por una gran oscuridad y una increíble llama de fuego. Desde el interior de esa llamarada, Dios habló: “Estas palabras habló Jehová a toda vuestra congregación en el monte, de en medio del fuego, de la nube y de la oscuridad, a gran voz” (Deuteronomio 5:22).


Mientras todo esto estaba pasando, los israelitas estaban perplejos de terror. Ellos estaban convencidos de que morirían antes de que la voz del Señor dejara de hablar. Finalmente, la voz se detuvo; los relámpagos pararon y el temblor terminó. Y después de poco tiempo, el sol comenzó a brillar. Mientras la gente miraba a su alrededor, ellos vieron que todos estaban vivos. ¡Ellos habían oído la voz real y audible de Dios y vivieron!


Evidentemente, tan pronto como esta increíble manifestación terminó, los ancianos y líderes de cada tribu convocaron a una reunión. Uno pensaría que ésta sería la más grandiosa reunión de alabanza en la historia de la humanidad, sin embargo, esta reunión no era una de alabanza, de ninguna manera. Increíblemente, los ancianos le dijeron a Moisés: “No podemos manejar este tipo de experiencia. No queremos volver a oír la asombrosa voz de Dios. Si Él nos vuelve a hablar otra vez de esta manera, moriremos. De ahora en adelante, queremos escuchar Sus palabras a través de la voz de un hombre”.


Su respuesta es totalmente desconcertante. ¿Por qué alguien reaccionaría de esta manera a tal glorioso milagro de Dios? Yo puedo decirles porqué: Porque los israelitas tenían pecados ocultos en sus corazones. Ellos eran idólatras a escondidas.


Increíblemente, esta gente aún se aferraba a sus pequeños ídolos de oro que había traído con ellos de Egipto. El apóstol Esteban dijo que estos ídolos eran: «Figuras que os hicisteis para adorarlas…» (Hechos 7:43). Los Israelitas los habían tallado en la semejanza de los gigantes becerros de oro que los egipcios adoraban. Ellos clamaban: “Tú nos libraste de Egipto. Tú eres nuestro Dios». Y ahora, en el desierto, ellos todavía no habían dejado su horrible idolatría.


Esteban llamó a esta gente: “La congregación en el desierto» (versículo 38). Él estaba sorprendido de que incluso después de que el Señor les había hablado audiblemente, sus corazones estaban todavía en la idolatría de Egipto. Él dijo de ellos: «…nuestros padres no quisieron obedecer…y en sus corazones se volvieron a Egipto” (versículo 39).


Tú puedes ver porqué la voz de Dios hizo temblar a este pueblo. La razón por la cual ellos pensaron que morirían era porque estuvieron en la presencia de un Dios santo y todopoderoso, no de un ídolo tallado y sin vida. Su Espíritu había impactado sus almas y sus conciencias los estaban convenciendo de pecado.

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