“En los días venideros —dice el Señor—, el pueblo de Israel
volverá a su hogar junto con el pueblo de Judá. Llegarán
llorando en busca del Señor su Dios. Preguntarán por el
camino a Jerusalén y emprenderán el regreso a su
hogar. Se aferrarán al Señor con un pacto
eterno que nunca se olvidará”
Jeremias 50, 4-5

EEUU, JERUSALEN Y UN ACTO DE JUSTICIA

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…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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Transcribimos completo el devocional del pastor David Wilkerson [May 19, 1931; April 27, 2011] que nos llegó el  13 de febrero de 2013:

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Al leer 1 Pedro 1:15, “Sed santos, porque yo soy santo”, es posible que se alarme. “¿Quiere decir que voy a ser tan santo como lo fue Jesús? ¡Imposible! Él era impecable, perfecto. ¿Cómo puede alguien vivir de acuerdo con esa norma en la tierra?”


El verdadero propósito de la ley era mostrarnos que es imposible para nosotros estar a la altura de los estándares de santidad de Dios. Ninguna cantidad de fuerza de voluntad humana, fortaleza o habilidad podría hacernos santos. Por lo tanto, sólo puede haber un camino para llegar a ser santos: Debemos estar
en Cristo y su santidad debe ser nuestra santidad.


“Si la raíz es santa, también lo son las ramas” (Romanos 11:16). Pablo dice que debido a que Jesús, la raíz es santa, entonces nosotros, las ramas, somos santas también. Y Juan escribe: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos” (Juan 15:5). En otras palabras, porque estamos en Cristo, somos hechos santos en
virtud de su santidad.


El hecho es que Dios sólo reconoce un hombre santo: Jesucristo. Y a los ojos de Dios, sólo ha habido dos hombres representativos a lo largo de la historia: el primero, literalmente Adán y el segundo Adán, que es Jesús. Toda la humanidad estaba envuelta en el primer Adán y cuando él pecó, todos se convirtieron en pecadores. Entonces Jesús vino como un hombre nuevo y por su reconciliación en la cruz, toda la humanidad potencialmente ha venido a ser recogida en él. Hoy Dios sólo reconoce este hombre, Jesús, y Él es santo.


Al igual que Adán, apartados de la redención en Cristo no podemos ser santos. No importa cuánto tiempo vivamos o cuán duro tratemos, no importa cuántas oraciones pronunciemos o con qué frecuencia leamos la Biblia, y no importa cuánta lujuria podamos dominar, nunca seremos perfectamente santos.


Jesús se levanta único en perfecta santidad. Si alguna persona está siempre en pie delante del Padre celestial y es recibido por Él, esa persona tiene que estar en Cristo. Estamos ante el Padre sin ningún mérito propio o reivindicación nuestra. Estamos sólo por la gracia de Cristo.

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