“Por lo tanto, ¡alégrense, oh cielos!
¡Y alégrense, ustedes, los que viven en los cielos
Pero el terror vendrá sobre la tierra y el mar…“
Apocalípsis 12, 12

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…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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31/03/2014

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by Gary Wilkerson

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Vivimos en una época en la que las predicciones bíblicas se han vuelto realidades visibles. Pablo escribió que en los últimos días vendrían tiempos peligrosos en la Tierra (ver 2 Timoteo 3:1). Ahora mismo, están ocurriendo cosas que no podíamos haber imaginado hace unos años.


Jesús predijo que los hombres se volverían amadores de sí mismos, amadores del dinero, aborrecedores y arrogantes. Hoy en día, los líderes de nuestra nación no pueden ponerse de acuerdo sobre los principios comunes más elementales. Si alguien tiene la osadía de mencionar el pecado, es llamado intolerante y es rechazado. A medida que la Palabra de Dios es movida al margen de la cultura, el pecado prevalece más y más.


Los pastores sienten el bombardeo espiritual. Semana tras semana, me entero de que otro matrimonio puede estar cayéndose a pedazos. Unos niños se cortaron su propia piel por su propio odio. Las drogas se han extendido más que nunca. Y cada día hay menos voces de ayuda, ya que cada mes 1,500 pastores dejan el ministerio.


Como Cuerpo de Cristo, no podemos estar dormidos ante estas cosas. El Antiguo Testamento habla de los hijos de Isacar, un grupo que tenía conocimiento de los tiempos y habilidad para tratar con el mundo (ver 1 Crónicas 12:32). ¿Puede decirse lo mismo del cuerpo de Cristo hoy? Si discernimos los tiempos, sabemos que éste no es un momento para medias tintas. La única forma que nosotros tenemos de “tratar con el mundo” es no permitiendo que la iglesia sea “lo de siempre”. Jesús dijo de ciertos espíritus demoníacos: “Este género no sale sino con oración y ayuno” (Mateo 17:21). En estos momentos, nuestras oraciones deben ser fervientes porque sin un cambio espiritual, el panorama se ve demasiado sombrío.


En medio de la oscuridad, Jesús nos llama a ser luz. Y éste es nuestro mensaje para tal hora: “Mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4). Dios ha hecho obras impresionantes en la vida de Su
pueblo y cada uno de nosotros es llamado a proclamar Su gloria a través de un testimonio digno de gloria.


¿Cómo es un testimonio digno de gloria? A este tipo de gloria (jactancia) me estoy refiriendo: “Mas el que se gloría, gloríese en el Señor” (2 Corintios 10:17). Para jactarnos como Pablo describe, tenemos que tener una jactancia digna de la gloria de Dios.

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