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“Entonces serán completos con toda la plenitud de la vida y el poder que proviene de Dios. Y ahora, que
toda la gloria sea para Dios, quien puede lograr mucho más de lo que pudiéramos pedir o
incluso imaginar mediante su gran poder, que actúa en nosotros. ¡Gloria a él en
la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones desde
hoy y para siempre! Amén”
Efesios 3:20-21


…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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Transcribimos completo el devocional del pastor David Wilkerson [May 19, 1931; April 27, 2011] que nos llegó el 9 de abril de 2014:

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Un hombre escribió lo siguiente a nuestro ministerio: “No sé quién me puso en su lista de correos, pero por favor borren mi nombre inmediatamente. No puedo soportar su evangelio triste y la dureza contra el pecado. Nadie es perfecto, ni siquiera usted. Ya he tenido suficiente con su evangelio que condena.”


Isaías habló sobre esta clase de respuesta: “Este pueblo es rebelde, hijos mentirosos, hijos que no quisieron oír la ley de Jehová; que dicen a los videntes: No veáis; y a los profetas: No nos profeticéis lo recto, decidnos cosas halagüeñas, profetizad mentiras; dejad el camino…” (Isaías 30:9-10).


La palabra “halagüeña” en este versículo significa “suave, halagadora”. En pocas palabras Israel estaba diciendo: “No nos digas más cosas desagradables. Dinos cómo vamos a prosperar, cuantas cosas buenas están por ocurrir. Si no, quítate de delante de nosotros.”


Ningún creyente que esconde pecado en su corazón quiere escuchar una palabra santa y que exponga el pecado. Esa persona siempre huirá de la voz de verdad del Espíritu Santo. Y dirigirá su atención a algún predicador que es blando con el pecado, que ofrece predicaciones suaves y profecías halagadoras.


Así que te preguntarás: “¿Qué mensaje fuerte entregó la voz de Dios a su pueblo en el Monte Sinaí?” Él simplemente dijo esto: “Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mí. No harás para ti escultura…no te inclinarás a ellas ni las servirás…” (Deuteronomio 5:6-9).


Aquí estaba la Palabra del Señor pura, no adulterada, saliendo directamente de Su boca. Esta palabra debió haber hecho que el pueblo corriera a sus tiendas y destruyera sus ídolos. Debería haber conmovido sus corazones haciéndolos caer de rodillas. Pero en vez de eso ellos dijeron: “Ya no más truenos, fuego y temblores. No más voz audible que nos hable. Dános un portavoz como nosotros, y que él nos hable. Entonces oiremos y obedeceremos.”

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