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“No oyes el alboroto que hacen tus enemigos? ¿No ves que tus arrogantes adversarios se levantan?
Inventan intrigas astutas contra tu pueblo; conspiran en contra de tus seres preciados.
«Vengan —dicen—, exterminemos a Israel como nación; destruiremos hasta el
más mínimo recuerdo de su existencia”
Salmo 83: 2-4


…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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Jesús/Yeshua -según leemos en Lucas 22:8-10- les pide a los discípulos que preparen la cena de Pascua en Jerusalem y les da a una extraña indicación:


“Y Jesús envió a Pedro y a Juan, diciendo: Id, preparadnos la pascua para que la comamos. Ellos le dijeron: ¿Dónde quieres que la preparemos?  Él les dijo: He aquí, al entrar en la ciudad os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidle hasta la casa donde entrare”.


Jesús/Yeshua podría haberles dado la dirección de la casa -o alguna indicación específica para encontrarla- pero como en una película de agentes secretos actuando en terreno enemigo, les dio una especie de contraseña secreta de lo que debían de hallar en las bulliciosas calles de la Jerusalem de aquellos días: “un hombre cargando un cántaro de agua”.


En el evangelio de Marcos se cuenta lo mismo así:


“Y envió dos de sus discípulos, y les dijo: Id a la ciudad, y os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidle” (Marcos 14:13)


En este caso el hombre del cántaro de agua vendría al encuentro de los discípulos. Pero de todos modos este era la señal –la contraseña- que indicaría a la persona que los llevaría al lugar de la cena. En realidad estaba bien elegida porque en esos días eran las mujeres las que llevaban el agua en cántaros a sus casas, no los hombres. De modo que un hombre llevando un cántaro de agua era un hecho claramente diferenciado en la multitud. Pero si el Maestro tomó este extraño camino para indicar a Sus discípulos el lugar de la cena pascual es razonable que, debido a la intrínseca integridad de la Palabra, haya un mensaje escondido en esta “contraseña”.

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Antes de introducirnos en ese misterio digamos algo en lo que quizas no reparamos lo suficiente: la cena Pascual -la llamada “última cena”– fue entendida por el Maestro como una referencia a una cena mayor que se celebraría en el Reino de Dios, en el athid lavo. Las palabras de Jesús/Yeshua fueron  éstas:


“pues les digo que no volveré a comerla hasta que tenga su pleno cumplimiento en el reino de Dios” (Lucas 22:16)


Otra traducción (TLA) vierte así esta declaración:


“Porque les aseguro que ya no celebraré más esta cena, hasta el día en que comamos todos juntos en el gran banquete del reino de Dios.”


Esto es: la última cena pascual de Jesús/Yeshua con Sus discípulos conlleva -contiene en si misma- un solemne Pacto para un Reino que sería sellado con Su propia sangre derramada en la cruz –la sangre del Cordero de Dios– infinitamente más preciosa que la sangre de becerros (Ex 24.6-8; Heb 9.18-22) que selló el primer pacto. Dice Lucas 22:20:


“De la misma manera tomó la copa después de la cena,  y dijo: –Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que es derramada por ustedes”.


Y en la fórmula mas utilizada en las iglesias evangélicas para el memorial de esta “última cena”  -1 Corintios 11:26- está dicho también que esta cena era una ceremonia que no finalizaba en si misma, sino que apuntaba mas allá de ella hasta Su retorno:


“Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga”.


La cena del Señor definitivamente incluye un anuncio repetido millares y millones de veces en todas las latitudes y culturas a través de los siglos de la gracia: el anuncio de que Él vendría otra vez a Sus discípulos, multiplicados por millones. Y vendría “en su Reino” lugar en el cual se celebraría un gran banquete en medio de gran regocijo, no como aquel celebrado en secreto y con penosos augurios sobrevolando el ánimo de todos (justificado por la infinita agonía de la muerte de cruz que se aproximaba). Pues bien, ¿no sería el aguador/contraseña un indicador que señalaba hacia ese Reino que se iba a pactar definitivamente en la cena pascual? Veamos:

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La fiesta de mayor regocijo entre las fiestas solemnes de ISRAEL, la que anunciaba el Reino de Dios, es Sukkot (la fiesta de los tabernáculos), que culmina las festividades de otoño –precedida de días de gran constricción- . Y dentro de ella, estaba incluida una ceremonia que Eddie Chumney describe así:


“Simchat Beit HaShoevah, “el regocijo en la casa del derramamiento de agua”, es una ceremonia que se incorporaba a los servicios del templo (Beit HaMikdash)… El derramamiento de agua era parte importante de la celebración ordenada durante Sukkot…Esta ceremonia se celebraba todos los días excepto el primer día de Sukkot. El Talmud (en Sukkah 5:1a-b) describe… incluyendo un retrato de los venerables sabios llevando antorchas y dando saltos como parte de la celebración. El Talmud dice que: “Aquel que no ha presenciado el regocijo que se vive en el lugar de la fuente del agua, nunca ha presenciado el verdadero regocijo en su vida”


Era esa la ceremonia a la que se refiere Juan 7:37-39. Leamos ese pasaje:


“Era el último día de la fiesta, el más importante. Jesús se levantó y gritó: -Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba. Las Escrituras dicen que del interior del que cree saldrán ríos de agua viva. Jesús/Yeshua dijo eso acerca del Espíritu que recibirían los que creyeron en él. Los creyentes aún no tenían el Espíritu, porque Jesús/Yeshua todavía no había sido elevado a Su gloria.  Pero después que fuera elevado a los cielos en cuerpo glorificado , los que en Él confiaran recibirían el Espíritu que les recordaría y guiaría a toda Verdad.


El aguador/contraseña anunciaba los ríos de agua viva que surgirían de los que creyeran -según Su Palabra- a partir del momento en que el Maestro fuera elevado a los cielos.  Esto es, a pesar de que la cena que se celebraría en el lugar indicado por el aguador estaba rodeada de secretismo, el hombre del cántaro de agua era un signo que anunciaba que este sufrimiento sería seguido por un incontenible regocijo posterior confirmado por las lenguas de fuego venidas de lo Alto en Pentecostés.

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¿Pero en donde más encontramos a un hombre derramando un cántaro de agua que sostiene a la altura de su vientre, del cual surge literalmente un río de agua que es bebido por un gran pez? Pues en los cielos, esta es la figura inspirada de la constelación que los griegos llamaron “Aquario”, pero que ancestralmente se llamaba “El aguador”, o simplemente “El Jarro”.  E. W.  Bullinger  –en el libro que ya citamos- sintetiza así el significado de ese aguador celestial:


“…el agua viva de las bendiciones derramadas para los redimidos”


En la cena que se iba a realizar en el lugar indicado por este misterioso portador de la contraseña se iba a hacer el anuncio definitivo de la Muerte Redentora y asimismo se iba a establecer el memorial que los redimidos deberíamos guardar y repetir “hasta que Él venga” en Su Reino. Y los díscolos discípulos –los presentes y los que vendrían después– aunque no lo sabían todavía obtendrían la viva esperanza de gozar de un río de bendiciones que borraría las contradicciones de este mundo, sujetándolos firmemente al Espíritu de lo Alto y afirmándolos para siempre en su carácter de siervos.


El río que sale del cántaro del aguador celestial lo bebe un solo y hermoso pez: “Piscis Australis”. Este no es como los contradictorios peces que son figura inspirada de la constelación que llamamos “Piscis”, en donde uno quiere ir hacia lo Alto y otro seguir la corriente de este mundo, aunque un firme cordel que los une -la constelación “Atadura”- y no les permite hacer ni lo uno ni lo otro. Esto es figura de la dolorosa contradicción de los primeros pasos en nuestra fe cuando ya no éramos de este mundo pero tampoco estábamos afirmados en el venidero. Pero en “Piscis Australis” no hay contradicción alguna: esta completamente dedicado a recibir las bendiciones del mundo venidero/athid lavo.


Pasajes asociados al aguador celestial:


“Los cántaros de los israelitas rebosarán de agua,
sus semillas recibirán agua abundante.
Su rey será más grande que Agag,
y su reino será grandioso”.
Números 24:7


“Pero ahora, Jacob, mi siervo,
Israel, a quien he escogido, ¡escucha!
Así dice el Señor, el que te hizo,
el que te formó en el seno materno
y te brinda su ayuda:
No temas, Jacob, mi siervo,
Jesurún, a quien he escogido,

que regaré con agua la tierra sedienta,
y con arroyos el suelo seco;
derramaré mi Espíritu sobre tu descendencia,
y mi bendición sobre tus vástagos,
y brotarán como hierba en un prado,
como sauces junto a arroyos”.
Isaías 44:1-4


¡Amén!  ¿Cómo no regocijarnos con esta promesa?: “No temas Jacob…que regaré con agua la tierra sedienta”. Los discípulos estaban viviendo un tiempo de tierra seca y resquebrajada por el dolor de lo que se avecinaba. Pero la contraseña de Su Maestro para aquella cena que sería memorial de un solemne Pacto fue un hombre con un cántaro de agua cristalina, figura del agua viva que sería derramada sobre ellos y sobre todos los que vendrían a lo largo de los siglos de la gracia como fruto de la misión apostólica y de la iglesia. ¡Maranatha Ven Jesús!.

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Nota:

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No sería muy lejano a la verdad pensar que ese aguador/contraseña era un ángel, como tantos que encontramos en el relato evangélico y tal vez en nuestras propias vidas sin reconocerlos.

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