“En los días venideros —dice el Señor—, el pueblo de Israel
volverá a su hogar junto con el pueblo de Judá. Llegarán
llorando en busca del Señor su Dios. Preguntarán por el
camino a Jerusalén y emprenderán el regreso a su
hogar. Se aferrarán al Señor con un pacto
eterno que nunca se olvidará”
Jeremias 50, 4-5

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…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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Transcribimos completo el devocional del pastor David Wilkerson [May 19, 1931; April 27, 2011] que nos llegó el 2 de abril de 2014:

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La lección más significativa que Pablo aprendió en su angustia fue que tenía que volverse al Señor y a Sus promesas de Pacto. Él sabía que ya no podía confiar más en su propia carne, habilidades o esfuerzos. Él escribe:
“Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos” (2 Corintios 1:9).


La prueba de Pablo lo había llevado al final de sus fuerzas. Él sabía que ya lo quedaban fuerzas para pelear contra los poderes de las tinieblas, así que sentenció su propia carne a la muerte. Y Dios lo libertó de manera
maravillosa: “el cual nos libró, y nos libra, y en quien esperamos que aún nos librará, de tan gran muerte” (versículo 10).


¿Cómo fue Pablo librado? Esto implicaba varias cosas: Primero, él fue un poderoso hombre de oración. Y segundo, él tenía gran confianza en el Señor. Pablo sabía que Dios mantendría sus promesas de Pacto. Él pudo decir: “Tal
como el Señor me libró en el pasado, Él está obrando librándome de esta prueba presente. Desde ahora y hasta el día de mi muerte, viviré bajo su poder libertador”.


Como Pablo, nosotros también pasamos por tiempos de pruebas, para que muramos a toda confianza en nuestra habilidad humana. El Señor permite que seamos aplastados, que seamos hechos impotentes y débiles, en un esfuerzo por convencernos de que no podemos vencer al enemigo por ningún esfuerzo carnal.


Al comparar nuestras vidas con la de Pablo, podemos ser tentados a pensar: “Nunca podré experimentar la clase de liberación que este hombre disfrutó. Él fue bien educado en las Escrituras y recibió grandes revelaciones del
Señor acerca de Jesús, del Evangelio y del Nuevo Pacto”.


“Y Pablo ministraba con poder y demostración del Espíritu Santo. Sin ayuda, estremeció ciudades y naciones. El diablo no lo podía matar, aun después de ser apedreado, atacado, y pasar por tres naufragios. Dios hasta lo usó para levantar a los muertos. Este hombre era uno de los siervos más ungidos de Dios en toda la historia. Él lo tenía todo espiritualmente”.


Según Pablo, no era así. El apóstol nos dice que había otro factor importante en su liberación: La poderosa intercesión de los ayudantes en oración. “Cooperando también vosotros a favor nuestro con la oración”
(versículo 11). Pablo estaba diciendo: “Estoy confiado que Dios me libertará. Y ustedes están ayudando a que esto suceda, al orar”.

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