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“¡Pero la Porcion de Jacob no es ningún ídolo! Él es el Creador de todo lo que existe,
incluido Israel, su posesión más preciada. ¡El Señor de los Ejércitos
Celestiales es su nombre!”
Jeremias 10, 16


…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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Transcribimos completo el devocional del pastor David Wilkerson [May 19, 1931; April 27, 2011] que nos llegó el 5 de setiembre de 2013:

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“No tengas temor de ellas…” (Deuteronomio 7:18). Para Israel, “ellas” representaban las imponentes y bien armadas naciones impías que enfrentaron en la tierra prometida. Para nosotros hoy en día, “ellas” representan todo problema, tribulación y dificultad abrumadora que enfrentamos en la vida.


¿Por qué no debemos temer? ¡Porque Dios lo dice! No se necesita ninguna otra explicación. Dios es todo poderoso, todo suficiente y está consciente de las fortalezas satánicas que enfrentamos. Conoce cada trampa, prueba y tentación que serán lanzadas contra nosotros, y nos ordena: “¡No temerás a ninguna de ellas!”


Abraham estaba viviendo en un país extranjero, rodeado de reyes poderosos, sin saber donde terminaría. Sin embargo, la primera palabra de Dios para él fue, “No temas, Abram; yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande.” (Génesis 15:1).


El significado de esta última frase es, “Yo seré una pared alrededor tuyo, tu protector, tu defensa.” En esencia, Dios estaba diciéndole a Abraham, “Vas a enfrentar dificultades, pero te protegeré a través de todas ellas.” Abraham respondió creyendo la palabra de Dios para él: “Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia.” (Versículo 6)


Esta misma palabra vino al hijo de Abraham, Isaac. Él también vivió en un ambiente hostil, rodeado por los filisteos que lo odiaban, lo acosaban y lo querían fuera de su tierra. La Escritura dice que cada vez que Isaac cavaba un pozo para suministro de agua, los filisteos lo tapaban: “los filisteos los habían cegado y llenado de tierra.” (Génesis 26:15)


Adonde quiera que Isaac iba, tenía el mismo problema. Incluso llamó a un pozo “Esek,” que significa “rencilla” (Véase Génesis 26:20). Aparentemente, Isaac no sintió más que disputa en su vida. Debe haber pensado: “¿Cómo alimentaré a mi familia y daré agua para mi rebaño? ¿Y cómo puedo criar a mis hijos sin temor, cuando los filisteos pueden saquearnos en cualquier momento, sin problema? Dios, ¿Por qué me has establecido aquí? ¿Cómo podré vencer?”


Mientras esta nube de duda se formaba sobre Isaac, Dios le dio la misma palabra que le había dado a Abraham: “Yo soy el Dios de Abraham tu padre; no temas, porque yo estoy contigo, y te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia por amor de Abraham mi siervo.” (Versículo 24).


Somos hijos de Abraham y Dios nos hace la misma promesa que hizo a Abraham y a su descendencia: “Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa” (Gálatas 3:29).

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