“Por lo tanto, ¡alégrense, oh cielos!
¡Y alégrense, ustedes, los que viven en los cielos
Pero el terror vendrá sobre la tierra y el mar…“
Apocalípsis 12, 12

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…Dios castigará a las naciones que atacaron a Jerusalén. Hará que se llenen de miedo, y que empiecen a pelear entre ellas mismas; ¡aun en vida se les pudrirán la carne, los ojos y la lengua!” Zacarías 14:12

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“Él transformará nuestro cuerpo mortal
en un cuerpo glorioso semejante al suyo.”
(Filipenses 3:21)

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Dejémonos embriagar por el sabor de esta promesa. Ahora vivimos una lucha constante entre lo espiritual y lo carnal: “queremos hacer el bien, pero el hacerlo no esta en nosotros”. Algo falla cuando queremos entregarnos completamente al Señor, y es que en nuestra carne todavía habita la ley del pecado, que lucha contra la ley del Espíritu. Leemos en Gálatas 5:17:


“Porque el deseo de la carne
es contra el Espíritu,
y el del Espíritu es contra la carne,
pues éstos se oponen el uno al otro,
de manera que ustedes no pueden
hacer lo que deseen”.


Pero un día este cuerpo mortal será “semejante al suyo”. ¡Aleluya!. Semejante al que ahora tiene el Hijo. ¿Podemos imaginar esa gloria?. Dice 2 Corintios 5:4:


“Asimismo los que estamos en este tabernáculo
gemimos con angustia,
pues no quisiéramos ser desnudados,
sino revestidos,
para que lo mortal sea absorbido por la vida”.


¡Que promesa!: ¡lo mortal absorbido por la vida!. Y leemos en 1 Corintios 15:54-55:


“Sorbida es la muerte en victoria”.
¿Dónde está,  muerte,  tu aguijón?
¿Dónde,  sepulcro,  tu victoria?


El “postrer enemigo”, la muerte, ya ha sido vencido. En el monte de la transfiguración cuando Pedro, Jacobo y Juan vieron un breve anticipo de la resurrección, quedaron confundidos y asustados:


“Allí se transfiguró delante de ellos.
Sus vestidos se volvieron resplandecientes,
muy blancos, como la nieve,
tanto que ningún lavador en la tierra
los puede dejar tan blancos.

Mientras descendían del monte,
les mandó que a nadie dijeran
lo que habían visto, hasta que
el Hijo del hombre hubiera resucitado
de los muertos”.
Marcos 9:2-9


Y si los discípulos predilectos quedaron así de trastornados (como mas tarde María Magdalena en el jardín del huerto)  ¡cuan lejos estamos nosotros de imaginar la gloria de la resurrección!. Porque ellos habían sido testigos de muchos milagros y aun tres de ellos presenciaron la transfiguración de cuerpo carnal a cuerpo espiritual y aun así no esperaban este evento portentoso aunque habían sido avisados que ocurriría. En vez de esto estaban escondidos, deprimidos, asustados, desilusionados -tal vez- luego del martirio. ¡Pero la resurrección es la promesa que aguarda a todos los que hemos sido lavados por la sangre del Cordero! Sin ella nuestra fe es vana, nos advierte el apóstol Pablo.


Y hay algo más: viviremos eternamente con ese cuerpo purísimo e incorruptible en una Sión también transmutada por Su Gloria que la cubrirá como un dosel. En esos días “la tierra estará llena del conocimiento de la gloria de Dios”. Y la Sión del mundo venidero/athid lavo distará tanto en su apariencia de la Sión actual, como nuestro cuerpo terrenal dista del glorioso cuerpo “semejante al suyo” que poseeremos eternamente.


¡Gloria a Dios!. ¡Saltaremos de felicidad como becerros en campos verdísimos!.

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